Mirar para arriba

La vida me da miedo. O mejor dicho, las decisiones que tomo para mi absurda vida, me dan miedo. Qué tal que me equivoque, qué tal que esto o esto no esté bien. Pero a veces, de vez en cuando, todo toma sentido. Cuando menos lo espero, hay un segundo donde todo se detiene y puedo mirar a mi alrededor y sentir, de verdad sentir, adentro, en el estómago, que todo está bien. Todo lo que ha pasado, está bien. Todo lo que está pasando está bien. Y eso es la tranquilidad, poder detener un segundo la vida para sentir que todo está bien.

No sé en qué momento dejé de mirar para arriba, dejé de apreciar los detalles de la parte superior de los edificios bonitos del centro. Pero ahora, veo la ciudad de una manera totalmente distinta. Estoy viviendo en una Madrid que no conocía, estoy re descubriendo el lugar en el que llevo viviendo nueve años. Y es hermoso. Es hermoso ver esa ventana diminuta en una fachada gigante, reconocer el color peculiar de los edificios, ver las plantas que adornan las ventanas, caminar por calles por las que nunca había pasado antes. Es hermoso respirar un aire diferente. Es en esos momentos cuando me siento feliz de no haberme ido, de no haber huido. Es en esos pequeños instantes llenos de luz, cuando me doy cuenta que estoy exactamente donde tengo que estar. Que la felicidad está dentro de mi pecho y allí ha estado desde el principio.

Siempre me ha atormentado la idea de perder el tiempo. Siempre he sufrido por el tiempo que ya no voy a compartir con las personas que se han ido. Pero creer en la magia del universo, me hecho entender que tal vez el tiempo ni siquiera existe. La vida no se mide con el tiempo. En realidad somos la suma de nuestras decisiones y el bien o mal que le hacemos a los demás. La vida es y será siempre absurda, pero para mí sigue valiendo la pena ser buena persona, o al menos intentarlo. Ya hay suficientes individuos que se dedican a dañar buenos sentimientos, a dejar cadáveres emocionales donde quiera que vayan, a jugar con las personas como fichas en un tablero, a tirar a la basura todo lo bueno que llega a sus manos. Yo no quiero terminar como ellos.

Hay mucho que decir sobre la vida, el tiempo, las decisiones o la felicidad. Todos estamos muy ocupados intentando encontrar las respuestas. Yo al fin y al cabo no sé nada de nada,  qué voy a saber yo. Todavía estoy aprendiendo. Sólo puedo recomendar parar un momento y mirar para arriba.

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No me quiero perder

No quiero volver a perderme. Perder mi camino, olvidarme de mí. Me da miedo volver a amar, como antes, aunque nunca será como antes. Pero eso ya no es malo, al contrario, mejor que nada sea como antes. Nunca más. Sin embargo el miedo se mantiene, el pánico en el pecho se intensifica cuando el aire fresco roza mi cara. Y bum-bum-bum, el corazón se me va a reventar.

Y no quiero volver a perderme, no quiero cegarme, no quiero distraerme. Me da miedo volver a amar a alguien, más de lo que me amo a mí misma. No quiero permitirlo. Últimamente estoy encantada con mi imagen, siento que estoy enamorada de mí. Me miro en el espejo y me acaricio con la mirada. Sigo escribiendo en primera persona y no puedo dejar de hablar de mí misma. Y no es egocentrismo, es puro valor. Puro coraje. Se necesita fuerza interna, demasiado amor, para aceptarse a una misma. Y yo me acepto, me consiento el alma todos los días, me aliento, hablo conmigo, me aconsejo, me equivoco pero me corrijo. Aún así, me da miedo perderme.

No puedo perderme porque estoy construyendo una mujer nueva. No una mujer de verdad como dice la gente. Siempre he sido una mujer, ni de verdad ni de mentira, simplemente una mujer. Porque así me identifico y tengo suerte de poder hacerlo, la verdad. Son mujeres todas las que quieran serlo. Yo era una mujer, soy una mujer y seré una mujer. Ahora, hoy, tan solo no quiero ser la mujer que era antes, quiero ser una mujer nueva. Y para serlo, tengo que tener la mirada fija en el camino, no me puedo perder, no me puedo desviar.

Lo peor de perderse, es el dolor. Ese dolor que te marca y te deja extraña para toda la vida. Ese dolor oscuro, tenebroso, podrido. Ese dolor que causan los otros pero que viene de tus propias entrañas. (El dolor que me dejaste tú, y tú y tú también) Porque una se cura, se sana; pero vuelve a andar con paso cojo y jamás olvida. He recogido del suelo, las piezas sangrientas de mi cuerpo y con mucho esfuerzo las he vuelto a coser. Por eso me da miedo que alguien sin compasión, las vuelva a arrancar. No quiero que nadie venga con los pies llenos de tierra a ensuciar mi casa. No quiero que nadie con maldad, pise las plantas que con dedicación he sembrado.

Tengo miedo, pero soy valiente. No me quiero perder, no quiero abandonarme a las sensaciones fugaces e irreales de lo superficial. Me entrego a la trascendencia del ahora sin miramiento, pero tengo la vista fija en la ruta que ya me tracé. Sólo quien sea tan valiente y certero como yo, me acompañará. No hay mucho más que decir, la historia se escribe capítulo a capítulo. Y este capítulo ya empezó.

Pensamiento 012: sobre sanar

Hoy hace un año, hice parapente por primera vez. Curioso es el pasar del tiempo, que ni siquiera me acordaba de aquel momento divertido y leve. Pero hoy justamente revivo la sensación de ese día. Los nervios, el vacío en el estómago, las ganas de hacerlo pero al mismo tiempo darse la vuelta y negarse. Es el vértigo de hacer algo nuevo, de romper con el miedo, de arriesgarse. Igual que ese día, me lancé, dejé el miedo atrás, me arriesgué y las heridas empezaron a cicatrizar. Afortunadamente, he sentido la misma felicidad que sentí cuando me bajé del parapente y me di cuenta que era capaz de hacerlo. Que soy capaz de hacer todo lo que me proponga.

Y joder, soy feliz. No lo digo de manera pretenciosa, lo digo de corazón. Por primera vez en mucho tiempo soy completamente feliz. Nada tortura mis pensamientos, nada me mortifica, las preocupaciones que me generaban tristeza, poco a poco se han ido quedando atrás y han dejado espacio para la tranquilidad. Había perdido completamente la sensación de plena tranquilidad, de dormir en paz por las noches, de despertarme feliz porque sí. Y no lo cambio por nada, no lo sacrifico por nada.

Siempre hablo de dolor porque siento que es parte de mí. Y por más que sienta que no quiero más dolor en mi vida, debo aceptar que gracias a este, me he transformado. Y lo que he crecido los últimos meses ha sido increíble. Muchas veces me pedí perdón a mí misma, a mi cuerpo, por herirlo, por lastimarlo, por abrir viejas heridas, por hacerle daño. Juré no volver a hacerlo, pero aún así volvía a sucumbir ante el dolor. Sólo yo soy la culpable, pero aprendí mi lección y jamás había estado tan lista para continuar mi camino sin mirar atrás.

Dejar ir a las personas que más amas es una prueba grande, pero necesaria. No sé aún exactamente para qué, pero es algo que hace parte de los ciclos de la absurda vida que nos tocó vivir, así que mejor hacerlo con gracia y dejar de lamentarse. Es más fácil cuando se tiene la conciencia en paz y la tranquilidad de haber dado lo mejor de ti. No vale la pena nadar contra la corriente, yo que lo he hecho tanto, doy fe de que cansa demasiado. Al final del día, te das cuenta de que no puedes tomar las decisiones que te mantendrán cerca de los que amas. En realidad, tienes que tomar las decisiones que te hagan crecer, quien quiera crecer contigo se quedará y los demás se irán quedando en el camino.

Hace meses escribía sobre el dolor de florecer y cómo debajo de mi piel estaban preparadas las flores para asomar sus mejores pétalos. Pero yo aún no estaba lista para ello, me resistía. Hoy las flores se asoman, luminosas, radiantes, bonitas. Hoy las heridas están un poco más cerca de curarse y las veo como recordatorio de otra Marcela, la Marcela del pasado. La nueva Marcela está preparada y decidida para amarse a sí misma, más que a nadie más en este mundo.

I am strong. I am invincible. I am woman.

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Ilustración: https://www.instagram.com/amandaoleander/?hl=es

Pensamiento 011: sobre mi otro yo

Constantemente siento la urgencia de estar en otro lugar. Es como si en mi mente habitara cierta duplicidad. El yo que está en este plano, y otro yo que está en otro sitio, no sé dónde exactamente. No muy lejos de aquí, pero tampoco precisamente cerca. Ese lugar se promete tranquilo y pacífico. Mi yo, el que habita este aquí y este ahora; es consciente de que ese yo paralelo existe. Lo he visto, lo he sentido, lo he perseguido en visiones, en momentos fugaces de claridad absoluta. Por lo tanto, me encuentro constantemente envidiosa, ávida de querer viajar al otro plano y quedarme allí.

Es entonces cuando quiero invitar a mi compañera temporal a viajar en el tiempo y el espacio. Es cuando quiero estirar mi mano, para tocarla y decirle que desafiemos todas las programaciones ancestrales que nos impiden conocer lo que hay más allá. Intercambiemos planos, sólo para probar por primera vez tu tranquilidad, tu caminar seguro, tu café fuerte en las mañanas, tu sueño pacífico en las noches. Sé que nada te perturba, sé que nada te distrae. Ven y habita mi plano de la realidad, para que conozcas lo que es la angustia, el desespero de no poder respirar bien, el dolor en el pecho. Sólo así podremos crear la ilusión del círculo completo, la verdadera experiencia de la existencia. Ella sin mí no está completa, yo sin ella no alcanzo el objetivo de la vida. Estamos conectadas, en un sentido espacial que traspasa el entendimiento cotidiano.

Tal vez no sea difícil levantar los pies y flotar de un lado a otro. Lo que nos lo impide son las raíces. La verdadera cuestión, es que el cuerpo no se puede mover, está atrapado dentro del plano que por azar le tocó habitar. Ella y yo jamás podremos intercambiar realidades, porque estamos atadas a nuestra idea de hogar, como los árboles lo están a la tierra. Pero eso no quiere decir que, tal vez, si es verdad que el alma existe; esta pueda atravesar las barreras espacio-temporales, para palpar la realidad paralela que a cada ser le corresponde. Tal vez sea el alma, o más bien la conciencia, la que silenciosamente teje todos los hilos, y como buena hilandera, nos lleva a todos a los estados que debemos conocer. A la hermosa y loca duplicidad del ser, disponible sólo para algunos ojos abiertos. El desdoblamiento de ser yo aquí, pero yo allá, separadas, pero juntas al fin y al cabo.

El novio de mi amiga

Tengo una amiga que se llama Lola. Lola tenía un novio. Un dizque novio, que dizque la quería mucho. La gente decía que no, que qué va, cómo la iba a querer ese hombre. Tenía toda la pinta de que no la quería nada. Si la quisiera, pues no la engañaría tanto. Ella decía que sí, que sí que la quería, y yo, pues bueno, le creía. Le creía que tal vez, el personaje este, sí la quería, pero eso no le quitaba que era un verdadero idiota.

Era tan idiota que cuando estaban con más gente, él la ignoraba, a veces hacía como si no la conocía, vete tú a saber por qué. Por comportarse así, el idiota este, no se daba cuenta de que mi amiga siempre era la chica más hermosa del lugar. No que las otras mujeres no fueran hermosas, claro que lo son, todas los son. Pero Lola tenía un brillo especial, ella era sin duda, la chica más llamativa a dónde quiera que fuese. Pero el idiota no se daba cuenta, o no quería darse cuenta, o se daba cuenta y le daba igual. La hacía sentir pequeña, invisible, como un florero. Lo peor de todo, es que mi amiga tampoco se daba cuenta de lo grande que ella era, de que todo mundo dejaba de hacer lo que estaba haciendo, sólo para verla caminar. Entonces Lola empezó a creerse pequeñita, a esconderse en un rincón, a pensar que era menos. A ser el florero que el idiota quería que ella fuese.

Yo tomaba a mi amiga de la mano y  la llevaba a bailar al centro de la pista. Para aliviarle un poco la mente, para recordarle que ella era el centro del mundo. Y ella bailaba y reía y parecía recordar que lo era. Y yo la abrazaba y le besaba las mejillas y las manos. No quería que dejara de reír nunca. Pero entonces aparecía el idiota y lo estropeaba todo. No venía ni siquiera a verla a ella, a ver lo hermosa que estaba, no. Aparecía de la mano de otra chica, una rubia, que también era muy bonita, pero jamás como Lola. La abrazaba a ella, la miraba a ella y la besaba ella, delante de mi amiga y de todo el mundo.

Maldito idiota. Lola lo quería tanto y cuando lo vio con otra se rompió toda por dentro. Se fue corriendo de ahí, se sentó en la primera esquina que encontró a llorar como nunca lo había hecho. Y lloraba y lloraba y lloraba y lloraba y lloraba. Sus ojitos parecían desaparecer. Su vestido cortito y de colores, se mojó entero con sus lágrimas. Yo se las secaba pero ella no podía parar de llorar. Yo quería ir a romperle la cara al idiota, pero tenía que cuidar a mi amiga, tenía que llevarla a casa y esperar a su lado mientras terminaba de llorar.

El idiota siempre aparecía al día siguiente, arrepentido. Sólo cuando mi amiga quería irse, él parecía recordar que ella era oro. Que él no era tan bueno para ella, que era afortunado de que ella lo quisiera, maldita sea, y medio reaccionaba, medio la quería para siempre con él. Pero el tipo, aunque buena gente y agraciado, no era muy inteligente. Se olvidaba de sus promesas y se volvía distraer con la primera que se le cruzaba ofreciéndole nochecitas de amor. La que era sí era inteligente era Lola. Mi amiga era una gran mujer, grande, grandísima, capaz de todo. Pero el idiota la apagaba con sus mentiras.

Una vez, Lola me contó que él le había dicho que prefería la variedad. Que ella era como un plato muy rico, exquisito y delicioso, que le encantaba comer. Pero que si lo repetía muchas veces, se iba a cansar. Pero es que el idiota, muy idiota, no se daba cuenta de que mi amiga no era comida servida en un plato, a la disposición de su paladar, para su satisfacción. Mi amiga era una per-so-na.

¿Qué hacemos con el idiota, Lola? Yo le abriría la barriga y le sacaría las tripas. Por no darse cuenta de que mi amiga merece respeto. Pero no puedo, no puedo matar al idiota porque ella lo ama. Lo ama aunque él no lo merezca, aunque ella sea demasiado bella para sus ofensas, demasiado buena para su egoísmo, demasiado lista para su ignorancia, demasiado importante para su indiferencia. Lola, Lolita, Lola, eres demasiado de todo para tan poco.

Mi primera vez

Descubrí la masturbación cuando era una niña todavía. No sabía exactamente lo que hacía pero lo repetía siempre. Buscaba mi placer. Sin embargo, cuando entré en la adolescencia y estudiaba en el colegio de monjas, empecé a sentir vergüenza después de masturbarme. La imagen ficticia de un Dios que yo ni había elegido, me hacía sentir tremendamente culpable de gozar de mi cuerpo. Sin embargo no dejé de hacerlo, aunque rezaba para pedir perdón y poder llegar al cielo. El cielo es en realidad el orgasmo.

Ahora que ya estoy grande, que no creo en dios y que no me averguenzo de mi sexualidad, me doy cuenta, que a las mujeres siempre nos han querido tratar como seres no sexuales. Nos da vergüenza vivir nuestra sexualidad libremente. Nos obligan a cuidar nuestra virginidad como si fuera el tesoro más preciado. Por lo cual, ‘dársela’ a un hombre es premiarlo. Regalarle nuestra flor. En ningún momento se discute que de ese acto sexual, también la mujer se lleva una parte de placer. Y sin embargo se plantea como una especie de regalo para el hombre.

Todo esto se debe a que no nos enseñaron a disfrutar de nuestros cuerpos de una manera sana. Además, por supuesto, de que el sexo se establece dentro de la jerarquía de las relaciones heteropatriarcales, donde generalmente el hombre está en la posición más privilegiada.

Mi mamá, con nula educación sexual, me enseñó bien pronto en la vida que si yo me acostaba con un hombre, le estaba dando lo que él quería y se iba a ir, dejándome tirada para siempre. Y vaya por dios, quién quiere eso. Yo vivía con el miedo de que si desataba las ganas locas que tenía de follar con mi primer noviecito, este se iba a olvidar de mí. Por puta. Porque para eso estaban ‘las otras chicas’ yo era una ‘niña de casa’ y esas no hacen ese tipo de cosas. Las niñas buenas se esconden detrás del pudor y la decencia.

Entonces yo muy lista y pudorosa, dejé que mi noviecito me hiciera de todo, menos penetrarme. Porque en la penetración estaba el pecado. Además, así no corría riesgo de quedar embarazada. Porque obviamente ni mi mamá, ni las monjas, me explicaron lo que eran los métodos anticonceptivos. Menos mal, con los años fui perdiendo el pudor, aunque no la inteligencia, y por lista muy lista, empecé a planificar a los 15 años a escondidas de mi mamá.

Fueron muchos años de sentirme avergonzada por algo que era totalmente normal. Lo que hacen cuando nos roban la libertad de descubrir nuestro propio cuerpo, es alejarnos del poder. El poder de elegir lo que me gusta, lo que no me gusta, con quién me gusta además del cómo y el cuándo. La sociedad heteropatriarcal quiere alejarnos completamente de la sensación de poder que produce ser tú misma quien está al mando de tu vida y de tu cuerpo. Porque les conviene que seamos sumisas y que además de serlo, creamos que es lo correcto y disfrutemos de ello.

Justamente por cuestiones como esta, es que conceptos como ‘empoderamiento’ hacen parte del feminismo. El feminismo lo que busca es que las mujeres tengan el control sobre su vida y el poder absoluto de decidir sobre sus cuerpos. El feminismo busca que las mujeres jóvenes tengan acceso a toda la información que necesitan para descubrir su sexualidad de una manera plena y sana, para que ninguna mujer sienta vergüenza de sentir cada fibra de su cuerpo y se sienta libre darle rienda suelta a sus deseos. El feminismo también busca que los hombres aprendan desde niños que ninguna mujer es una puta por vivir su sexualidad libremente. El feminismo busca que nos respetemos mutuamente.  

El feminismo también busca que cuestionemos el concepto de feminidad. Cada mujer debería poder construir qué significa ser mujer para ella misma y de acuerdo a ello vivir su vida. Sin ideas preconcebidas y sin juicios innecesarios. Aunque es absolutamente necesario renunciar a esa idea de feminidad que nos deja como seres inferiores, que nos apaga y nos deja en un segundo plano. La fuerza femenina hay que utilizarla para tomar el lugar que nos corresponde, para jamás renunciar al poder que nos pertenece.  

Para terminar dejo este fragmento del libro Teoría King Kong de Virginie Despentes

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Mis pezones

Me gusta llevar la falda bien cortita y no ponerme bragas. No para provocar, yo no quiero provocarte, lo que quiero es sentirme, sentir mi sexo calientito con el rose de mis piernas. Porque no necesito más que caminar para darme placer. Porque me siento bien con la desnudez que habita debajo de la ropa que todos ven. Nunca he querido provocar, al menos no a todo el mundo, quiero provocar a quién a mí me interesa, a quién quiero tener en mi cama. No es mi culpa que algunos no se puedan controlar. Mis pechos quieren ser libres de vez en cuando, y una vez más no es mi culpa que mis pezones sean tan grandes, que se notan sí o sí. Y a mi me gusta, me gusta que la gente se sienta incómoda cuando los ve. Me gustan mis pezones, porque son míos, para mi goce y disfrute. Me podrán arrancar la libertad y lo hacen cada día, pero no pueden arrancarme los pezones. Entonces los voy a mostrar. A las mujeres les están quitando la vida, las están matando por el solo hecho de ser mujer. Cada día me siento destrozada porque no puedo hacer nada al respecto y sé que salir a a calle sin bragas y mostrando los pezones no va a cambiar nada de nada. Pero nunca me había sentido tan cómoda con mi cuerpo como ahora mismo. He pasado años avergonzada de partes de mi cuerpo que sólo yo sabía que existían. He sentido complejos por los comentarios de otros y he cargado con esas inseguridades muchos años. Ya ha sido suficiente. Valoro mi cuerpo tal cual y como es y lo honro dándole todo el placer que puedo. El placer que me doy yo misma cuando me toco por las noches y el placer que me da quien yo decido que se puede meter a mi cama. Es la primera vez que no siento miedo de lo que hay ahí afuera, en realidad, no me puede importar menos. Nadie va a hablar por mí, nadie me va a quitar nada, nadie me va a matar, nadie me va a tocar, porque antes les reviento la cabeza. Tengo una cantidad de rabia y dolor acomulado dentro de mí que utilizaré la próxima vez que alguien me quiera hacer daño. Mis pezones, mi cuerpo y la faldita corta que lo adorna son míos, sólo míos y hago con ellos lo que me da la gana.

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