¿Que pasó con mi feminismo?

Creo que he sido feminista desde muy pequeña. Tal vez por eso nunca tuve un conflicto con el término y su significado. Desde jovencita sabía que tenía que luchar mucho por mí misma, para salir adelante, para cumplir mis sueños, para obtener todo lo que quería. Desde niña quería estudiar, trabajar y conseguir todo yo misma.

La definición del feminismo llegó años después, cuando yo ya era grande. Cuando lo descubrí, me dio valor y me dio conocimiento. Entré en una especie de encantamiento, el feminismo me dio esperanza, pensé que la vida de las mujeres podía cambiar, me hizo entender que mi voz es importante y debía utilizarla. Empecé a educarme, a leer, a escribir en mi blog, a plasmar mis opiniones.

Me convertí en la ‘amiga feminista’. Mis amigos me hacían rabiar, me decían cosas que sabían que me iban a hacer enojar. En conversaciones, la gente quería sacar a relucir por que ellos no eran feministas o por que el feminismo no servía para nada. Y yo peleaba. Con el tiempo eso fue cambiando. Me di cuenta que conocía muy pocas personas en mi entorno que fuesen feministas, o al menos, que les interesara escuchar o aprender sobre la importancia de la vida de las mujeres. Entonces mi actitud de representante del feminismo se fue apagando poco a poco. Al final, sólo me quedaba torcer los ojos y respirar profundo  cuando escuchaba alguna aberración y así no perder mis energías discutiendo con nadie.

En ese proceso aprendí también a escuchar y leer a otras feministas. Empecé a alimentarme de otras ideas, a conocer otras historias, a comprender otras maneras de ver y representar el feminismo. Entendí que hay tantos tipos de feminismo como mujeres en el mundo. Entonces aprendí a callarme porque entendí que mis ideas no son tan importantes. Conocí mis privilegios y supe que hay veces que mi voz no es la más importante. Encontré mucha más calma en el silencio y el aprendizaje, que en alzar la voz inútilmente.

No fue algo intencional. Es un hecho que puedo analizar después de cierto tiempo. Poco a poco dejé de dar mi punto de vista feminista en conversaciones y dejé de escribir apasionadamente sobre feminismo. Creo que lo que hice fue enfocar el feminismo hacía mi misma, internamente, en vez de hacerlo para los demás. He desarrollado cierta fascinación por las mujeres y sus narrativas. Somos todas tan diferentes, que admirar y aprender de cada una es el mejor homenaje que les puedo hacer.

Admirar a otras mujeres no es tarea fácil. Al menos en el entorno en el que yo crecí, plagado de telenovelas e historias de amor llenas de infidelidades y rivalidades dramáticas, ha sido un propósito desaprender ver a otras mujeres como competencia. O simplemente a compararme con ellas. No soy perfecta, en lo más mínimo, y aún me equivoco, pero siento que en ese campo soy mucho mejor que cuando era una adolescente. Ahora busco inspirarme y aprender de otras mujeres, antes que juzgarlas.

El feminismo sigue siendo parte de mi vida, pero me entristece ver que a pesar de lo fuerte que esta corriente es, de los cambios que hemos visto y de las luchas que no paran; hay cosas que parece que nunca van a cambiar. Vivimos en un cochino mundo patriarcal que siempre va a ser el mismo. Quisiera no ser pesimista, pero no puedo evitar pensar que el feminismo no va a cambiar el mundo.

Sigo teniendo miedo. Por muy feminista que me declare, no me siento más segura. No me siento segura porque ando con un boli en el bolso, por si lo tengo que usar como arma de autodefensa. Creo que no me sentiré segura hasta que no aprenda dominar algún arte marcial que me permita arrancarle los huevos al que me quiera hacer algo. Aún así yo vivo con privilegios. Impotencia siento cuando pienso en las mujeres de latinoamérica y en las demás, en todas las demás que viven en circunstancias verdaderamente preocupantes.

Nos siguen matando, todos los días, cada vez más. Nos siguen faltando al respeto. No nos dejan caminar tranquilas por la calle. No nos dejan cumplir nuestros objetivos, nos bloquean el camino, nos quitan las oportunidades. No nos dejan llegar a la cima. No nos respetan. Nos maltratan. La desigualdad habita cada espacio en donde existe una mujer. Todas las mujeres del mundo tienen en común el machismo que sufren. Hay demasiadas cosas que no están bien.

Quiero ser feminista para mí, para mi vida, para mis acciones, para obrar y obtener las justas consecuencias. Quiero el feminismo que ayuda a construir y a sanarme por dentro ¿Pero es eso posible? ¿Es posible que no me juzguen por escribir este post lleno de desánimo y pesimismo? No lo sé. Es lo único que puedo asumir con toda gloria: mi ignorancia. Llevo años buscando respuestas y aún no las encuentro.

‘Todo lo veo desértico. Todo parece desértico’

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Pensamiento 013: sobre el yo

No sé si escribo bien. Siempre he intentado separar mi yo, mi propio yo, del yo literario. Idas y vueltas en mi cabeza, esfuerzos en vano, para siempre terminar escribiendo sobre mí. Sobre mi yo que respira, llora y se rompe. Nunca he podido ser discreta ni esconderlo. Escribo cuando estoy rota, sobretodo cuando estoy rota. Pero esta vez, sin embargo, me parece que ya no lo estoy. Esta vez, escribo por el eco de tu presencia en mi cuerpo, que necesito que se vaya, pero que algunas noches no me deja dormir.

Sueño cosas cotidianas, escenas repletas de frases que me hubiese gustado escuchar. Luego despierto y en pleno estado de inconsciente costumbre, mi brazo más largo te busca en la cama. No creo que te extrañe, pero aún espero una llamada por la noche. A veces, cuando el metro se detiene en tu estación, espero que te subas y podamos conversar un rato. La reminiscencia de la cama que compartimos, se transforma en una especie de película sobre viajes en el tiempo.

Las jugarretas del tiempo circular y su eterno retorno siempre me llevan al mismo lugar, a la misma pregunta sin respuesta: ¿por que? No poder resolverla me causa dolor. Un dolor que se ha transformado en algo soportable. Como cuando te agachas y al levantarte te golpeas la cabeza sin querer. Y te quedas medio mareada unos segundos pero luego estás bien otra vez y continuas con lo que estás haciendo. Se me ocurre que tal vez siempre he sabido la respuesta pero nunca quise admitirlo, y qué pena me da, pero la verdad es que tú no me querías.

Que nadie se preocupe, no me siento la víctima. Hablo desde la aceptación de los deseos que no llegaron a suceder. Al menos, un poco de luz invade ese lugar oscuro, si me imagino que en otra línea de tiempo, esos deseos están ahora pasado. Los dos en otro espacio temporal, siendo, compartiendo, hablando, escuchando, construyendo, entre otros gerundios.

Tal vez el amor que sentiste alguna vez por mí, vive todavía en alguno de los lugares a los que viajamos juntos. A lo mejor se quedó nadando en el Palmar o tal vez se está paseando por Roma. Quizá se quedó embelesado con los edificios bonitos de Luxemburgo o a lo mejor se quedó entretenido jugando con la nieve que vimos antes de llegar a Segovia. Posiblemente ese amor ya no es mío ni tuyo, tal vez es un ser independiente que viaja de aquí para allá, que salta de un lugar a otro, que sigue conociendo el mundo, como antes solíamos hacer.

Tal vez, tal vez, tal vez. Yo misma construyo y le doy sentido a esta historia que de certeza no tiene nada. No sé si escribo bien, pero como ya no hablamos, te escribo para contarte que estoy bien, aunque que ya no soy la de antes. Sigo siendo la misma, pero he crecido tanto, que soy distinta. Tan distinta que a lo mejor te sorprenderías. Y me gustaría que estuvieras aquí para verlo, para que te alegraras, para que me dijeras que te sientes orgulloso de mí. Pero sé que no vas a venir, no vas a llamar y no nos vamos a encontrar en el metro. Entonces te escribo para decirte que te esperé pero no llegaste y no creo que tenga que ser yo la que vaya a buscarte. Yo quería contarte y que me contaras, quería tu amistad, quería el peso, pero me consta que tú prefieres la levedad.

El fin de todas estas palabras era declarar que no volvería a escribir sobre ti. Pero la verdad es que no me queda otra cosa más que seguir escribiendo en primera persona, desde el yo, desde adentro.

Mi nuevo amor

Es verdad que tengo un nuevo amor. Alguien que pasea conmigo por Madrid y me lleva a cafeterías que parecen que estuvieran en París. Alguien que me cocina el desayuno y me alegra las mañanas. Es verdad que tengo un nuevo amor, pero sigo estando sola. Es verdad también que nunca podré amar como antes. Pero ahora me amo, a mí misma, mucho más que antes. Mucho más que nunca. Cuando mi nuevo amor no esté, ya no me romperé en pedazos, porque ahora soy yo la persona más importante.

Nunca había valorado tanto los momentos en los que me encuentro sola. Nunca había apreciado tanto mi propia compañía. Me encantan los sábados por la noche, cuando me relajo viendo una película, de esas de terror que me gustan, porque no me hace falta compañía para verlas. No hay nada como levantarme un domingo en mi propia cama, en mis sábanas, a la hora que yo quiera. Hacerme el desayuno y comermelo despacio, disfrutar por mi cuenta de mi único día libre de la semana. Me gustan los martes por la tarde cuando voy a hacer la compra. Disfruto del paseo de vuelta a casa con mi comida en la bolsa de tela. Es un acto cotidiano que me hace sentir libre.

No hay nada como dormir sola. Incluso aunque al día siguiente me levante demasiado pronto a trabajar. Estoy tanto tiempo fuera de casa, que nada me hace más feliz que la armonía de los momentos que estoy en mi habitación. En mi espacio. Ya no me da miedo despertar y no ver la espalda de la persona que amo. He comprendido que está quien de verdad quiere estar y que al fin al cabo es conmigo misma con quien tengo que estar toda la vida.

Caminar sola es un placer cuando voy rumbo a mi casa, donde nadie me espera. Ahora vivo la independencia. Ahora vivo mi vida, mi momento. Ahora por fin respiro. Todo es por mí, para mí, soy yo la que decido. Si hubiese empezado antes, si no hubiese tenido tanto miedo a dejar de sentirme protegida, tal vez hubiese aprendido a amar mejor. Pero las lecciones llegan en el momento exacto y quienes te quieren ver crecer se quedan allí contigo.

Ya no me siento como una niña pequeña, ahora no quiero que nadie me rescate y me arrope cuando estoy mal. Ahora cualquier herida me la curo yo misma. Me falta mucho por aprender, mucho camino por recorrer, pero ya estoy grande, ya no acepto menos de lo que me merezco.

Es verdad que tengo un nuevo amor que me acompaña. Pero siempre estaré yo primero, siempre estaré conmigo misma, siempre estaré sola. Se puede compartir la vida con alguien más, pero la verdad es que el amor más grande, el verdadero amor, es el propio.

El arte y el tiempo

La preocupación de la vida. La idea persistente de si vale o no la pena. Una sola cosa le da en realidad sentido: el arte. El arte en cualquier forma, capaz de paralizar el frenético tiempo para hacerlo más hermoso. O todavía mejor, la capacidad de crear arte, de ser tú el artista. Sólo ellos dejan una huella valiosa en la historia. No son nadie los que no son artistas porque serán olvidados.

Creemos que el tiempo transcurre de manera lineal, que un momento desemboca inevitablemente en el siguiente, marcando un principio y un final. Pero el tiempo no funciona así, el tiempo se mide en función del arte. El ejercicio de escribir en este cuaderno me advierte sobre el momento presente, pero lo congela para la mirada curiosa de quien lo pueda encontrar, para transportarle al pasado. Viajar en el tiempo nunca fue tan sencillo.

Qué sería de mí sin el arte. Qué sería de la vida que se consume en la aceleración del tiempo, en el momento instantáneo que se prefabrica, se plasma, se revela, pero no se vive. Es necesario el arte para poder detener la banalidad. Es necesario crear para permanecer.

Soy una huevona

No sé en qué momento mi blog se convirtió en algo más personal. Quién quiera que haya leído las últimas entradas, podrá hacerse una vaga idea de lo que ha estado pasando en mi vida. Un cambio, un proceso y una evolución. Romperse, sanar, florecer. Cuando empecé el blog hace cinco años, hablaba de cosas diferentes, como de lingüística o de feminismo. Hoy en día la lingüística ya no me interesa tanto, pero sigo siendo feminista.

Veo la vida a través de una mirada feminista. Del feminismo que he aprendido yo misma y del que me han enseñado mis compañeras. Ha sido una de las mejores enseñanzas que he podido tener en mi absurda vida pseudo-primermundista. Sin embargo, el feminismo no me ha hecho invencible o superpoderosa, en muchos aspectos de mi vida sigo siendo frágil. Específicamente, no he sido muy inteligente en cuanto al amor se refiere. Más bien he sido una niña ingenua que se ha enamorado un par de veces, ha creído en las buenas intenciones de la gente y ha dado todo de sí. En otras palabras, he sido una completa huevona. Sobretodo, porque amando, me he entregado toda entera y me he olvidado de mí misma.

Escribir ha sido una buena terapia. Una salida para esos momentos de ‘ay por dios, es que nadie me entiende’ y una buena manera de canalizar energías cuando lo que quiero es mandar a todo mundo a tomar por culo. Y como ahora el blog es más personal, pues qué más da contar que la tarde en la que estoy escribiendo esto, todavía me recupero de tres días de amigdalitis aguda y al mismo tiempo me preparo física (en compañía de un laxante) y psicológicamente, para una colonoscopia. Ha sido una semana un poco complicada, en la que he estado, por alguna razón, sola. Pero me ha servido bastante, para que ese sentimiento de ‘yo puedo con todo y soy muy fuerte’ crezca. No tener a nadie a tu alrededor, a veces es bueno. Porque no siempre tus amigas, tu novio o tu mamá van a estar ahí para acompañarte. Y no pasa nada, a mí ya no me pasa nada, después de una, dos, tres o cien estrelladas contra la pared, una se vuelve más resistente.

Estos días de baja médica, guardadita en la cama, han parado lo frenético de mi vida y me ha puesto a pensar. He pensado en lo que quiero, en lo que no quiero y en lo pendeja que he sido tantas veces. Volviendo al tema del amor, sólo quería dejar por escrito que de verdad, no lo puedo decir suficientes veces, he sido muy huevona. Entiendo ahora a las amigas que perdieron la paciencia conmigo y me dejaron en el camino. Por lo más sagrado, que yo no me daba cuenta. Estuve con la cabeza nublada mucho tiempo. Soñé con algo bien bonito, que nunca pasó en realidad y viví montada en una nube de la que un día me caí y me azoté bien duro contra el suelo. Por huevona.

Muchas veces creí que estaba loca, me hicieron sentir que estaba loca. Sé que muchas mujeres se pueden sentir identificadas con ese sentimiento, pero es mentira. No estamos locas. Nos hacen sentir locas, por desear, por llorar, por amar muy fuerte y dar todo de ti hasta que se te va la pinza.

A mí y a mis amigas no nos ha tratado muy bien. He perdido la cuenta de cuántas veces hemos tenido que sanarnos las heridas las unas a las otras. Hemos secado nuestras lágrimas y luego, hemos sentido total frustración e impotencia, al ver que después de días o semanas de dolor, nuestra amiga vuelve como un perro emocionado a los brazos del cabrón que la ha hecho sufrir. Desde aquí pido perdón a mis amigas cuando fui yo la que hice eso, de verdad les digo que yo solita tuve que tocar fondo para darme cuenta y que jamás quise decepcionarlas. Les agradezco a las que estuvieron ahí, se cansaron y se fueron, y a las aún que se mantienen. Love you sisters.

Entonces he tenido una revelación, que van a decir ustedes ‘pero cómo coño no te habías dado cuenta, Marcela’ pues ha tomado su tiempo, pero sin duda alguna esta lección ya no se me olvida. Todo el tiempo solía escuchar ‘quiérete, valórate, ponte a ti primero en tu vida’ y yo, ingenua de mí, pensaba ‘pero claro que me quiero y me valoro, obvio’, pero la verdad era que no. Sólo cuando decidí hacerlo de verdad, sólo cuando me di a mí misma el amor que antes le estaba dando a otra persona, sólo cuando me tome el tiempo de estar conmigo misma y me di cuenta que era más feliz que nunca, sólo en ese momento me di cuenta que antes no lo estaba haciendo bien. Antes, estaba perdiendo el tiempo intentando querer más a una persona que no me valoraba.

Para terminar, sólo quería decirle a cualquier chica que pueda estar leyendo esto, que no pasa nada por equivocarse, pero que si un hombre o cualquier otra persona, no te hace feliz; lo mejor es irse. Si alguien te hace llorar, te falta al respeto, te hace sentir como si no fueras suficiente, pues vete. Si tienes que intentarlo demasiado, si sientes que siempre es tu culpa, si sientes que estás loca, ese no es tu lugar. Si sientes que tus sentimientos están al límite, si la angustia te consume y te impide estar tranquila, esa relación no vale la pena. Si sientes miedo, retírate. Si tienes que renunciar a tus deseos, a lo que de verdad quieres y te hace feliz por otra persona, te estás equivocando. Si no sientes paz, estás en el lugar equivocado.

Hay que dejar de ir detrás de las personas. Aunque sean muy valiosas, muy encantadoras, inteligentes, buenas en la cama y cualquier etc de cualidades que puedan tener. A veces esas personas no son lo mejor para nosotras. No son el amor de tu vida, ni tu alma gemela, son simplemente unos care vergas. O tal vez una enseñanza. Ningún buen hombre, ninguna buena persona, dejaría ir a una chica tan valiosa como tú. Nadie que valga la pena, jugaría con varias chicas al mismo tiempo, mentiría, engañaría, lastimaría. Ningún buen hombre te haría llorar litros de lágrimas.

Podría decir mucho más, pero la conclusión es: deja de ser huevona. Ser verdaderamente feliz, con todos los privilegios que algunas podemos tener, es en realidad más sencillo.

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Mirar para arriba

La vida me da miedo. O mejor dicho, las decisiones que tomo para mi absurda vida, me dan miedo. Qué tal que me equivoque, qué tal que esto o esto no esté bien. Pero a veces, de vez en cuando, todo toma sentido. Cuando menos lo espero, hay un segundo donde todo se detiene y puedo mirar a mi alrededor y sentir, de verdad sentir, adentro, en el estómago, que todo está bien. Todo lo que ha pasado, está bien. Todo lo que está pasando está bien. Y eso es la tranquilidad, poder detener un segundo la vida para sentir que todo está bien.

No sé en qué momento dejé de mirar para arriba, dejé de apreciar los detalles de la parte superior de los edificios bonitos del centro. Pero ahora, veo la ciudad de una manera totalmente distinta. Estoy viviendo en una Madrid que no conocía, estoy re descubriendo el lugar en el que llevo viviendo nueve años. Y es hermoso. Es hermoso ver esa ventana diminuta en una fachada gigante, reconocer el color peculiar de los edificios, ver las plantas que adornan las ventanas, caminar por calles por las que nunca había pasado antes. Es hermoso respirar un aire diferente. Es en esos momentos cuando me siento feliz de no haberme ido, de no haber huido. Es en esos pequeños instantes llenos de luz, cuando me doy cuenta que estoy exactamente donde tengo que estar. Que la felicidad está dentro de mi pecho y allí ha estado desde el principio.

Siempre me ha atormentado la idea de perder el tiempo. Siempre he sufrido por el tiempo que ya no voy a compartir con las personas que se han ido. Pero creer en la magia del universo, me hecho entender que tal vez el tiempo ni siquiera existe. La vida no se mide con el tiempo. En realidad somos la suma de nuestras decisiones y el bien o mal que le hacemos a los demás. La vida es y será siempre absurda, pero para mí sigue valiendo la pena ser buena persona, o al menos intentarlo. Ya hay suficientes individuos que se dedican a dañar buenos sentimientos, a dejar cadáveres emocionales donde quiera que vayan, a jugar con las personas como fichas en un tablero, a tirar a la basura todo lo bueno que llega a sus manos. Yo no quiero terminar como ellos.

Hay mucho que decir sobre la vida, el tiempo, las decisiones o la felicidad. Todos estamos muy ocupados intentando encontrar las respuestas. Yo al fin y al cabo no sé nada de nada,  qué voy a saber yo. Todavía estoy aprendiendo. Sólo puedo recomendar parar un momento y mirar para arriba.

No me quiero perder

No quiero volver a perderme. Perder mi camino, olvidarme de mí. Me da miedo volver a amar, como antes, aunque nunca será como antes. Pero eso ya no es malo, al contrario, mejor que nada sea como antes. Nunca más. Sin embargo el miedo se mantiene, el pánico en el pecho se intensifica cuando el aire fresco roza mi cara. Y bum-bum-bum, el corazón se me va a reventar.

Y no quiero volver a perderme, no quiero cegarme, no quiero distraerme. Me da miedo volver a amar a alguien, más de lo que me amo a mí misma. No quiero permitirlo. Últimamente estoy encantada con mi imagen, siento que estoy enamorada de mí. Me miro en el espejo y me acaricio con la mirada. Sigo escribiendo en primera persona y no puedo dejar de hablar de mí misma. Y no es egocentrismo, es puro valor. Puro coraje. Se necesita fuerza interna, demasiado amor, para aceptarse a una misma. Y yo me acepto, me consiento el alma todos los días, me aliento, hablo conmigo, me aconsejo, me equivoco pero me corrijo. Aún así, me da miedo perderme.

No puedo perderme porque estoy construyendo una mujer nueva. No una mujer de verdad como dice la gente. Siempre he sido una mujer, ni de verdad ni de mentira, simplemente una mujer. Porque así me identifico y tengo suerte de poder hacerlo, la verdad. Son mujeres todas las que quieran serlo. Yo era una mujer, soy una mujer y seré una mujer. Ahora, hoy, tan solo no quiero ser la mujer que era antes, quiero ser una mujer nueva. Y para serlo, tengo que tener la mirada fija en el camino, no me puedo perder, no me puedo desviar.

Lo peor de perderse, es el dolor. Ese dolor que te marca y te deja extraña para toda la vida. Ese dolor oscuro, tenebroso, podrido. Ese dolor que causan los otros pero que viene de tus propias entrañas. (El dolor que me dejaste tú, y tú y tú también) Porque una se cura, se sana; pero vuelve a andar con paso cojo y jamás olvida. He recogido del suelo, las piezas sangrientas de mi cuerpo y con mucho esfuerzo las he vuelto a coser. Por eso me da miedo que alguien sin compasión, las vuelva a arrancar. No quiero que nadie venga con los pies llenos de tierra a ensuciar mi casa. No quiero que nadie con maldad, pise las plantas que con dedicación he sembrado.

Tengo miedo, pero soy valiente. No me quiero perder, no quiero abandonarme a las sensaciones fugaces e irreales de lo superficial. Me entrego a la trascendencia del ahora sin miramiento, pero tengo la vista fija en la ruta que ya me tracé. Sólo quien sea tan valiente y certero como yo, me acompañará. No hay mucho más que decir, la historia se escribe capítulo a capítulo. Y este capítulo ya empezó.