¿Estoy contaminada del feminismo blanco?

El pasado 1 de octubre tuve la oportunidad de escuchar una charla llamada Disidencias sexuales y afro-feminismos a cargo de Esther Ortega y Yos Piña, dentro del marco del Festival Afroconciencia 2017 que se celebró en el Matadero de Madrid. Los temas que se tocaron en la charla fueron variados, entre ellos estaban la sexualización de la mujer negra, cómo se sentía la comunidad de mujeres negras dentro de la sociedad europea, el racismo, entre muchas otras cosas. La información que allí pude obtener fue valiosa y me hizo reflexionar.

En un momento de la charla las ponentes mencionaron cómo muchas veces, sin darnos cuenta, nos ‘contaminamos’ del feminismo blanco. Esta afirmación fue precisamente la que me hizo pensar más. Mencionaron específicamente textos como El segundo sexo de  Simone de Beauvoir y cómo después de leerlos creemos que ahí termina todo. Honestamente, El segundo sexo es una de las obras feministas que más me ha impactado y la obra en general de Simone de Beauvoir me gusta mucho; pero es verdad que ahí no termina todo.

Todas las mujeres somos diferentes, venimos de sitios diferentes, hemos crecido de forma diferente y aunque algunas somos víctimas de las mismas desigualdades es verdad que hay ciertas situaciones que afectan distinto dependiendo al grupo de mujeres al que pertenezcas. Lo que quiero decir, con más claridad, es que no es lo mismo ser una mujer europea que ser una mujer negra, por ejemplo. Dependiendo del sitio en el que vivas y del grupo social al que pertenezcas tu privilegio será mayor o menor. El mundo es muy grande y hay mujeres en todas partes, por lo tanto hay una gran diferencia de privilegios entre unas y otras.

Ahora voy a hablar de mí, porque mi percepción del mundo está construida a través de mi propia experiencia como mujer. Soy sudamericana, nací en Colombia hace 25 años y viví allí hasta los 17. A esa edad me mudé a vivir a Madrid indefinidamente. Por lo tanto, en mi vida hay una mezcla de dos culturas, de dos realidades diferentes. Sin embargo, hay algo en común entre estos dos entornos en los que he vivido y crecido: el machismo. Existe el machismo en Colombia como existe el machismo en España. Pero cuando yo vivía en Colombia no sabía lo que era el feminismo, mi educación feminista surgió en Madrid.

Pongo mi propio ejemplo no por egocentrica, sino para explicar algo específicamente. El entorno en el que he adquirido esa educación feminista de la que hablo ha sido un entorno blanco y europeo. De lo que me di cuenta ese día en la charla del Festival Afroconciencia es que, para bien o para mal, las bases de mi feminismo provienen del feminismo blanco.  Esta cuestión me ha hecho reflexionar sobre muchas cosas. No es que yo sea totalmente indiferente a otras formas de feminismo, para nada. De hecho siempre he defendido la importancia de la interseccionalidad y me interesan muchos aspectos del tema. Pero hablando sinceramente, debo de decir que soy mucho más familiar con las grandes feministas blancas y que he absorbido muchas ideas provenientes de ellas. El cine y la televisión no se quedan atrás. Gracias al boom que ha tenido el feminismo como tema de moda para algunas grandes empresas, también he consumido muchos productos que muestran una realidad feminista de chicas blancas de clase media alta.

Por ejemplo, yo también vi la serie Girls y pensé que era de suma importancia para las mujeres de nuestra generación y hasta me sentí identificada con algunas de las situaciones que se mostraron en la serie. Esto no está mal, algunas de esas situaciones pueden ser familiares para mí pero la verdad es que yo no soy una chica de clase media alta que vive en Nueva York. Tal vez puede que me sienta identificada porque el entorno primermundista en el que vivo actualmente me pone en situaciones similares, porque mi realidad está mezclada. Pero como siempre, todo va un poco más allá, todo tiene que ir un poco más allá.

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No voy a hablar ahora de la situación de las mujeres no blancas, de sus sufrimientos y de las duras desigualdades que sufren porque aunque conozco muchas de ellas, aún me falta mucho por aprender. Quiero iniciarme en la misión de saberlo todo y llegar a comprender mucho más de lo que mis fronteras me lo permiten. Es necesario que lo haga, es un acto de sororidad que hacía ya tiempo rondaba mi cabeza.

Lo que sí me gustaría decir es que el hecho de que las mujeres blancas tengan más privilegios no hace que no sufran desigualdades o que estas sean menos importantes. La verdad es que ser mujer no es fácil en ninguna parte del mundo y las diferentes realidades que viven las mujeres deben ser siempre válidas sin importar de dónde vengamos. Debemos ayudarnos y cobijarnos las unas a las otras.

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Por mí y por todas mis amigas

Escribo por mí y por todas mis amigas. Por todas las veces que hemos llorado juntas y por todas las veces que hemos llorado solas. Porque cuando éramos niñas no nos enseñaron cómo era el mundo de verdad. Nos mintieron, nos engañaron.

Escribo por todas las veces que nuestros padres llegaron borrachos y maltrataron a nuestras madres. Escribo por las veces que íbamos caminando por la calle y un hombre nos faltó al respeto. Escribo por las veces que dijimos que NO pero no lo entendieron. Escribo por la veces que en la cama pedimos que pararan y no lo hicieron. Escribo por las veces que un ”amigo” se metió en nuestra cama y nos tocó sin consentimiento. Escribo por las veces que nos agredieron sexualmente en un ascensor, en la calle, en una discoteca, en un portal. Escribo por todas la veces que nos hicieron pensar que nuestros cuerpos no eran suficiente. Escribo por todas las veces que nos hicieron sentir que estamos locas, muy locas. Escribo por todas las veces que nos hicieron creer que no somos capaces. Escribo por todas las veces que nos juzgaron por ser madres, por abortar, por follar con quién queríamos, por hacer lo que se nos daba la gana. Escribo por todas las veces que nos han hecho daño y nos han dado la espalda muertos de la risa. Escribo por todas las veces que una mujer murió a manos de hombre. Escribo por mí y por todas mis amigas, porque estamos cansadas, porque no sabemos qué hacer. Queremos que nos respeten, queremos igualdad, queremos que nos dejen vivir, queremos ser libres.

Todos mis yo en el tiempo y el espacio

 

Qué difícil diferenciar entre el yo literario y mi miserable yo. Pobre de mí que no salgo de mi cuerpo, el miedo me tiene encerrada. Siempre quise escribir algo que valiera la pena, una sola pieza, que no tuviera ni la más mínima remembranza de mi vida; mi corta y absurda vida. Pero el yo creativo habita dentro de los confines de mi enredada y oscura, muy oscura, mente.

No conozco mejor sensación que salir del cuerpo. Viajar a otro lugar, a ese lugar, cualquiera que sea. En ocasiones luminoso, en ocasiones demasiado oscuro y tenebroso, pero al fin y al cabo, ese lugar, otro lugar. Salir de la experiencia cotidiana temporal habitual es necesario pero no siempre posible. El tiempo y el espacio se convierten en términos complejos, en estados reales que hacen que un minuto pueda durar días y que días puedan ser sólo un minuto.

Mi yo cotidiano suele vagar entre el pasado y el futuro, mi yo literario se queda mirando, mi otro yo me sigue esperando. Todo es cuestión de paciencia, a cualquier lugar se puede llegar si alguna vez todos mis yo se encuentran. Evadirlos también es una opción para callarlos y convertirlos en uno solo para viajar en el tiempo. No parece posible, pero puede pasar.

Sincronizar todos mis tiempos calmaría mi mente, pero el tiempo de la mente y el tiempo del reloj no se llevan bien y es por eso que todos mis yo viven a destiempo en espacios diferentes.

La mala feminista

“Zorra, zo-rra”, “gorda”, “flaca”, “fea”, “bruta”, “postiza” y un gran etc de ofensas han salido de mi boca para referirme a otras mujeres. Incontables veces me he sentido atacada por otras mujeres, me he sentido observada, me he sentido criticada, me he sentido sola. Me he encontrado buscando razones por las cuales yo soy mejor que esta o esta chica. He estado a la defensiva, he estado prevenida. Ha sido mucho daño y todo sin motivo aparente.

Aunque pensándolo bien, claro que sí, claro que hay un motivo: nos falta educación feminista. Ni a esas chicas, ni a mí, nos enseñaron nunca a respetarnos y a cuidarnos las unas a las otras. Por el contrario, desde pequeñas nos han enseñado a competir. Mientras los hombres son más capaces de crear amistades sinceras basadas en la camaradería; a las mujeres nos enseñan que debemos ser siempre la más bonita del lugar, la que tenga el balance perfecto de atributos físicos; la mayoría de veces para satisfacer a una lista grande de gente antes que a nosotras mismas.

“Yo me llevo mejor con los chicos” es una frase típica de algunas mujeres que se sienten mejor de hacer parte del grupo de los chicos porque en ese lado no existen cosas como el drama, las peleas, los cotilleos y sobretodo la competencia. Pero ser parte del grupo de los chicos y despreciar a otras mujeres no es nada de lo que sentirse orgullosa. Una afirmación como esa simplemente es un ejemplo de la educación que hemos recibido y es necesario darse cuenta que a la sociedad no le conviene que estemos juntas. A la sociedad y a su estructura de género no le conviene darnos una educación feminista.

A las mujeres feministas que han decidido serlo por convicción, y que me atrevería a decir que son la mayoría, las critican todo el tiempo. Ante los ojos de la gente, el comportamiento y la manera de pensar de una feminista es siempre discutible. Al final, todo se resume siempre en que las feministas están locas y se les va la pinza. Pero la mayoría de la gente no lo entiende; tal vez las feministas no tengan el mejor proceder, tal vez a algunas de ellas se les va la pinza y se equivocan. Yo me equivoco y cometo errores todo el tiempo, pero aprendo y crezco gracias a ello; y de eso también se trata el feminismo.

Todas las que hemos decidido declararnos abiertamente como feministas se lo debemos a un despertar en algún momento de nuestra vida adulta. Algunas tal vez han sido feministas siempre pero no lo sabían; porque no nos enseñan a serlo, tenemos que descubrirlo nosotras mismas. Es un acto revolucionario, es un acto de valentía y quiero pensar que por ello está permitido cometer errores. Es comprensible que no todo tenga sentido siempre aunque la meta sea siempre la misma: encontrar un lugar en el que por fin podamos ser nosotras mismas.

Por esto, quiero perdonar a todas las chicas que prefirieron ser mis  “oponentes” en un juego que ni siquiera existía. Quiero perdonarme a mí misma también por caer en las banalidades de la competencia y quiero agradecerle al feminismo por enseñarme el valor de la amistad y la necesidad primordial de la sororidad.

Pensamiento 007: sobre las opiniones

Estás loca. Te estás poniendo obesa. Te paras como un hombre. Ese pelo es de lesbiana. A ti te gustan más los hombres. Estás muy flaca. Qué piernas más delgadas. Tienes muy pocas curvas para tantas tetas. ¿Por que eres tan tonta? Feminazi. ¿Hasta cuándo vas a permitir eso? Te mienten. Te manipulan. Tonta. Tonta. Tonta. Yo me conformo con tu culo. Eres chiquita y fea. ¿Y esa tripita? Has adelgazado mucho. Eres muy bonita para sufrir tanto. Exótica. Ahora te ves mejor que antes. ¿Por que no te maquillas? No te cortes el pelo. Tus tetas son lo único que puedo mirar. Te contradices. Intensa. Hostigosa. Prepotente. Concéntrate en tu carrera. ¿Estás ciega? Se te han acabado las tetas. Te estás engañando a ti misma. Vístete como una mujer. ¿Vas a ir vestida así? Ponte tacones. ¿Alguna vez te vas a poner tacones? ¿Tienes la regla hoy? ¿No sabes cocinar? Eres rara. El pelo largo te queda mejor. Insegura. Te falta autoestima. Valórate. Comes muy poquito. Tienes mala cara. ¿Estás enferma? ¿Te vas a acostar con él? ¿Es que no piensas acostarte con nadie más? Cuernuda. Cachona. Tonta. Pensé que te ibas poner un vestido. Ingenua. Eres muy buena. Eres muy joven para eso. Vales más. Tienes límites. Feminazi. Estás muy subidita. Cerrada. Débil. Pesada. Llorona. Llorona. Llorona. Ese vestido no te pega nada. Haz esto. No hagas eso. Se te va la pinza. Estás loca.

Los hombres no lloran

Llorar es débiles. Si lloras eres un mariquita, frágil, endeble, una niñita. Si no te aguantas las ganas de llorar, te van a comer, te van a hacer pedacitos. Eso me han dicho toda la vida y de alguna manera siempre he fracasado, pues soy una llorona de primera categoría. Nunca he podido soportar el nudo horrible que se hace en la garganta cuando te aguantas las ganas de llorar y lloro, lloro mucho.

Antes me daba vergüenza, pero después de haber llorado en la calle, en el autobús, en el metro, en una discoteca, en el baño de una discoteca, en la universidad y algunos sitios más; pues cada vez me me importa menos. Sea cual sea el motivo por el que he llorado, la verdad es que la sensación después de llorar es más bien liberadora. Nunca entendí por que hay gente que le parece necesario reprimir las ganas de desahogarse y decidí no aguantarme y llorar si era necesario. Entendí también que llorar no me hace débil. Callé todas esas voces que siempre me dijeron que era débil porque no lo soy, soy fuerte y bastante.

Entonces me acordé de que los hombres no lloran, ¿cómo lo hacen?, ¿vivirán bien con todo lo que llevan por dentro? Qué abrumador. Pero aun así, hay hombres que reivindican ese talento misterioso que representa el no llorar y sobretodo el no necesitarlo. No hay que sentirse mal por llorar ni sentirse orgulloso por no hacerlo, todo esto se trata de simplemente de una construcción social.

A las mujeres se les permite llorar, según la sociedad somos seres sensibles, entonces la escena de una chica llorando en el autobús es normal, nada del otro mundo, pero y ¿un hombre llorando en el autobús? Eso sería un poquito raro. Porque además las mujeres tienen hormonas de más, les viene regla, están conectadas mucho más con sus sentimientos y no, a los hombres no les pasa eso.

Según la sociedad, otra vez, los hombres son más racionales, tienen más control sobre sus sentimientos, lo que los hace más fuertes y si por alguna razón conectan con su sensibilidad pues la esconden muy bien escondida y si la llegan a mostrar, incluso hay que felicitarlos por su valentía. Los hombres deben representar la imagen del poder, tan tranquilos y serenos, deben controlar todo y nunca quebrarse. Debe ser complicado.

Siempre digo que ser mujer es difícil, pero ser hombre también lo es. No llorar y no tener permitido mostrar emociones es tan solo un ejemplo. Ser hombre es también una responsabilidad, es cumplir ciertas expectativas para no ser un fracaso, para ser un hombre de verdad. Cualquiera que sea el caso, nunca es justo para nadie. Desconozco qué sea realmente lo racional o al menos lo más efectivo; poder estar en armonía con tus sentimientos y dejarlos ser o ponerse el traje de fortaleza con el que nada ni nadie puede tocarte. Mientras alguien encuentra la respuesta esto seguirá siendo, como he dicho antes, una simple muestra de la estructura de nuestra sociedad. Creemos ser libres o al menos que podemos llegar a serlo, pero una gran cantidad de aspectos dependerán siempre de los roles de género que nos tienen preparados incluso antes de nacer. De esta manera, no creo que podamos algún día llegar a ser lo que realmente queremos. No nos dejan ni siquiera un espacio para decidir qué es eso queremos, nos lo dictan y así lo hacemos.

Mis amigas no son feministas

Basta con informarse un poquito para darse cuenta de la posición desafortunada de la mujer en la sociedad. En mi entorno lo veo claramente, ciertamente no existe la igualdad. El tratamiento de hombres y mujeres, por hacer una clasificación simple, no es el mismo. Aún así, no todo el mundo lo ve. Una vez te identificas como feminista tu vida cambia, tu manera de pensar, sentir y actuar ya no es la misma, o por lo menos intentas que no sea la misma. Sin duda, se adquiere una mirada más crítica y analítica ante cosas que antes pasaban desapercibidas. Darse cuenta, informarse, despertar de la pasividad en la que te obliga a estar la sociedad es algo totalmente positivo y necesario para cualquier persona. Sin embargo, no a todos les pasa y el feminismo sigue siendo rechazado por muchos y muchas.

Hay tantos asaltos hacia la integridad de la mujer que ante mis ojos resultan obvios que al día de hoy todavía me cuesta creer que haya gente que no lo entienda, y no sólo que no lo entienda sino que se niegue por voluntad propia a hacerlo. Es en ese momento cuando levantas la voz, manoteas violentamente, tuerces los ojos y todos tus amigos te empiezan a llamar “feminista radical´´o “feminazi´´. Al menos en mi caso. Siempre he dicho que es absurdo pretender cambiar el mundo, pero es importante al menos intentar cambiar tu entorno. Pues bien, personalmente no me ha resultado tarea fácil. Prácticamente nadie de mi círculo social más cercano se identifica como feminista y creo que esto se debe a varias razones.

Viviendo en Madrid se pueden conocer a personas de diferentes procedencias. Mis amigas de distintas partes del mundo, con culturas diferentes, son todas ellas mujeres muy inteligentes de las cuales he aprendido mucho. Pero tienen algo en común: rechazan el feminismo. Sus justificaciones son diversas, pero no creen, en general, que haga falta denominarse como feminista. Las feministas están algo locas, se inventan palabras raras como feminicidio y algunas de ellas no se depilan. Vemos entonces que la primera razón por la que rechazan el feminismo es realmente el desconocimiento.

Otra de las razones más poderosas por las que ellas y muchas otras personas rechazan el feminismo es el privilegio. Independientemente de nuestra procedencia, todas convivimos en una ciudad donde las mujeres tienen más oportunidades que en otras partes del mundo. Aquí tenemos acceso a la información, a la sanidad, al voto, al aborto, a la libre elección del matrimonio y a muchos derechos más que se dan por sentados y que muchas mujeres de otras culturas y clases sociales, no tienen. Pero también es real que tampoco hay igualdad de oportunidades en muchos aspectos para las mujeres que viven en España. No estoy negando que seamos víctimas del machismo día tras día, pero sí observo que por la cantidad de comodidades que ofrece ser una mujer de clase media viviendo en una ciudad europea que podría llamarse en ciertos aspectos del primer mundo, puedes resultar ciega ante ciertas realidades. Ese privilegio, no deja ver más allá de tus propias narices para considerar que la situación de todas las mujeres no es la misma y que es necesario conocer esa realidad y hablar de ella, hacerla notar y simpatizar con ella. Reconocer lo que otras mujeres sufren te hace evaluar tu propia situación y ayuda a que la noción de hermandad tan propia del feminismo, crezca.

Pertenecer a una clase media privilegiada, no sólo te impide ver la realidad de otras personas ajenas a tu entorno, sino que también te bloquea la visión crítica de tu propia situación, de esta manera cualquiera puede terminar convirtiéndose cómplice, no sólo del machismo sino de muchas injusticias más. Una de las causas por las que todavía existe el machismo es porque cuenta con muchos cómplices, entre ellos mujeres, que ayudan a que sea normalizado. La sociedad nos entrena para seguir ciertos parámetros que nos llevan a encajar dentro de un prototipo de persona. Muchas mujeres están convencidas que ser mujer es algo especial y único. La esencia de la mujer, lo eterno femenino las envuelve en la fantasía que ha creado la sociedad para otorgar a la mujer un lugar limitado dentro de ella.

La participación de la mujer en la sociedad siempre ha estado relacionada con las tareas del servicio y el cuidado. Siglos atrás, la mujer únicamente tenía lugar dentro del hogar cuidando de su familia. Hoy en día parece que esa situación es totalmente diferente, pero ¿lo es? Espero que para nadie, a estas alturas, sea un secreto que el porcentaje de mujeres trabajando en cargos de poder es más bien bajo, que entre más importante es la posición menos mujeres se encuentran y que como siempre las que sí están ahí se lo han tenido que luchar mucho más que un hombre.

Un día una amiga me dijo, muy orgullosa, que estaba segura que un hombre no haría tan bien su trabajo de camarera como ella, un hombre no cuidaría tan bien de los detalles como lo hacía ella, un hombre no entendería tan bien a sus clientes como lo hacía ella ¿Dependen realmente estos aspectos de si eres hombre o mujer? No, desde luego que todo se remonta a cómo nos han educado.

A las mujeres las han educado dentro de la cultura del servicio y el cuidado. Esa es la única razón por la que mi amiga siente que un hombre no podría hacer ese trabajo como ella. La verdad es que sí podría pero simplemente a un hombre no lo han educado para hacerlo así. Cuando las mujeres, después de luchar, accedieron finalmente a la educación universitaria, la carrera más escogida entre ellas era la medicina. Aunque fue un gran paso para la educación de la mujer, la razón por la que escogían esta carrera era precisamente porque les daba las herramientas para el cuidado y el servicio hacia los demás y esto las mantenía dentro del margen establecido por la sociedad. Pensándolo así no es sorprendente ver lo bajo que es el porcentaje de mujeres en carreras como arquitectura o ingeniería.

No pretendo criticar a ninguna mujer que haya escogido una profesión de servicio por vocación, pero me gustaría que se dieran cuenta que nos han negado la oportunidad de tener todas las opciones. No hacemos parte de ninguna categoría especial de seres humanos, las mujeres no son únicas y mágicas, al menos no en el sentido que algunas quisieran, simplemente nos han otorgado un papel en la sociedad y nos han educado generación tras generación para encajar en él.

Mis amigas y muchas chicas más no son feministas porque llevan consigo una misoginia interna que no saben ni siquiera identificar. El machismo, el sexismo, la misoginia no son cosas exclusivas de los hombres, sino que hacen parte de una cultura en la cual crecemos y nos desarrollamos. Nos enseñan a odiar a otras mujeres, a envidiarlas, a rechazarlas, nos enseñan a llamarnos zorras y putas entre nosotras, a criticar los cuerpos de otras mujeres, a compararnos, nos enseñan a ser enemigas. Vuelvo a lo mismo, hay muchas mujeres que no son feministas porque ven al machismo como algo normal, están acostumbradas y en el fondo no es ni siquiera su culpa.