Pensamiento 024: sobre la maternidad

Tengo 29 años y sólo en este momento de mi vida he empezado a reflexionar en profundidad sobre la maternidad. Sólo ahora puedo mirar hacia atrás y entender cómo mis sentimientos sobre la maternidad han evolucionado a lo largo de mi vida. 

Crecí en una familia donde la única niña era yo. No tenía primos ni primas más pequeños, tampoco nadie en mi familia tuvo un bebé. Mi mamá vivió en otro país durante la mayor parte de mi infancia. Yo crecí con mi papá, mi tío y mi abuelita. Mi abuelita fue la primera imagen de madre para mí. Mi mamá estaba presente en mi vida, a través del teléfono, a través de las fotos y de algún recuerdo en mi memoria. Mi abuela era quien estaba en mi vida día a día, cuidándome y enseñándome todo. Mi abuelita fue madre soltera de cinco hijos. Mujer luchadora que tuvo que trabajar duro durante toda su vida para darle sustento a sus hijos. 

Tengo un recuerdo latente en mi memoria, no sé muy bien cuántos años tendría, 6 o 7 tal vez. La vecina de enfrente tuvo un bebé, recuerdo la habitación donde estaba la cuna y vagamente recuerdo a la bebé que estaba dentro de la cuna. Pero me acuerdo muy bien de ella, de la mamá, diciéndome que era la única persona que cuando veía a la bebé no me paraba a mirarla y a decir lo bonita y tierna que era. ‘¿Acaso no te gustan los bebés?’ Después de que me dijera eso, me sentí tan mal que empecé a hacerle mimitos a la bebé. Y se me quedó grabado para siempre en mis recuerdos, será eso, será que no me gustan los bebés. 

Seguramente no fue específicamente ese momento en mi niñez el que mató mi instinto maternal, pero sí crecí con una sensación de rechazo hacia los bebés y los niños en general. No me gustaban, no entendía porque a la mayoría de la gente le conmovía tanto ver a un bebé. Sólo sentí emoción cuando mi tío tuvo a su primera hija, Adela. Yo tendría unos 14 o 15 años, y tal vez fue la primera bebé que me causó ese sentimiento de ternura. 

Ese rechazo a los niños, se intensificó mucho más cuando estaba en mis 20’s y descubrí el feminismo. No es que el feminismo me haya hecho odiar la maternidad, en absoluto. Pero sí me hizo comprender la complejidad de la misma, cómo en realidad muchas veces está impuesta a una mujer simplemente por el hecho de serlo y cómo puede afectar su vida profundamente si en realidad no es voluntaria. El feminismo también me hizo comprender que es la madre quien realiza la mayoría de las labores domésticas, es la madre quien tiene el doble de responsabilidad, además de la desigualdad abismal a la que están expuestas las mujeres. Me llené de rabia, de impotencia y me resultó bastante fácil y obvio declarar con toda gana: yo nunca voy a tener hijos. 

Además del feminismo, hay varias cosas que también influyeron en mi decisión de no tener hijos. La más grande de ellas fue el miedo. Tal vez el feminismo fue tan solo un escudo para no reconocer que no quería ser mamá porque para mí representa uno de los miedos más grandes de mi vida. Estar a cargo de otro ser humano, no sólo económicamente sino, y más importante aún, emocional y psicológicamente. ¿Y si no soy capaz? 

La maternidad en mi familia siempre ha sido representada por la lucha. Por eso mi mamá se fue a vivir a otro país, para poder brindarme una mejor vida. Su decisión de emigrar estuvo basada en gran parte en su deber como madre. Mis hermanas mayores también son madres. Ambas fueron madres jóvenes y es tal vez por ellas, aunque no me sienta bien de decirlo, que mi miedo de ser madre se hizo aún más grande. Sobre todo por mi hermana mayor, porque tiene tres hijas. 

Mis hermanas y yo siempre hemos vivido separadas, quizás por ello la idea que tengo de sus vidas puede que no sea necesariamente la correcta y sólo una impresión. La vida de mis hermanas ha sido marcada por la maternidad y siempre las he visto luchar y luchar y luchar para sacar a flote a sus hijos. Es admirable, pero ante mis ojos es algo que nunca quise hacer porque lo veía como una obligación que no tiene fin y te roba los mejores años de tu vida. 

Cuando tuve mi primer novio y mi mamá intuyó que mi vida sexual podría empezar, lo primero que me dijo es que si me atrevía a tener relaciones sexuales, lo más seguro es que iba a quedar embarazada y que mi novio me iba a dejar tirada. No culpo a mi mamá por la educación sexual que no me dio, vivíamos en un país donde la educación sexual es un tema tabú, donde ella misma fue madre a los 15 años y lo que menos quería en el mundo es que me pasara lo mismo a mí. En el colegio tampoco me hablaron nunca sobre ello porque estudiaba en un colegio católico, de monjas, y hablar de sexo y metodos anticoncpetivos era pecado. Esa era y aún es realidad de Colombia, dónde sólo ayer 21 de febrero del 2022 el aborto fue legalizado sin condiciones. Y aunque es un triunfo para las mujeres, son muchas, muchísimas las personas que aún piensan que el aborto es una aberración y no un derecho sobre los cuerpos de las mujeres. Aún cuando la tasa de embarazo adolescente en colombia es alarmante, sobre todo entre aquellas con menos recursos.   

Una parte de mi siempre se sintió muy bien por no ser madre joven. Mi vida ha sido tranquila, todo lo que he podido conseguir con mi trabajo ha sido para mi propio goce y disfrute. No ser responsable por nadie más es un alivio y si me comparaba con mis hermanas, siempre elegiría mi estilo de vida por encima del de ellas. Son pensamientos de los que no me siento orgullosa, ahora puedo reconocer que es verdad que mi vida hasta ahora ha sido maravillosa y me hace feliz todo lo que he vivido, pero que la maternidad de mis hermanas, no la comprendía porque no me interesaba comprenderla. Me excusaba en la idea de que mi vida es mejor porque puedo viajar, mi dinero y mi tiempo son sólo míos, para no enfrentar que la idea de no ser el centro de mi vida me aterrorizaba. Aún me aterroriza.

Todo este miedo también viene de adentro, de mí misma. Me he llegado a sentir de tantas formas, incapaz de ser madre. No tengo instinto maternal, no soy capaz de asumir ese compromiso tan grande, acaso con quién voy a tener un hijo y construir una familia, mi cuerpo nunca volverá a ser el mismo y un largo etcétera que jamás me dejaría encontrar siquiera un solo aspecto positivo o emocionante de ser madre.  

Ahora que estoy a punto de cumplir 30 años, puedo enfrentarme con mis pensamientos y sobre todo con mis miedos acerca de la maternidad. Estoy en un momento de mi vida donde me siento capaz de afrontar esos miedos y de darle la vuelta a mis pensamientos negativos sobre algún día convertirme en madre. Conocer a una persona con la que me imagino una vida, un hombre que sé que es un buen padre, me genera la esperanza de tener una familia y es algo que no puedo negar que me emociona. Traer otro ser al mundo para que viva en medio de una familia disfuncional es algo que no quiero hacer, el mundo en sí ya es un lugar horrible.

Honestamente, sigo sintiendo que no estoy preparada para ser madre y que me muero de miedo de sólo pensar en que fracasaría. Pero creo también que nadie realmente está nunca del todo preparado para asumir semejante reto y que sólo se aprende durante el camino. Muchos de mis miedos e ideas preconcebidas sobre la maternidad se mantienen, pero hoy, al menos, no rechazo la idea con tanto ímpetu como lo hice en el pasado. Sólo tengo una cosa clara, el control sobre mi cuerpo lo tengo yo y nadie, nunca, decidirá por mí. Teniendo en cuenta esto, si algún día me convierto en madre es porque fue mi decisión, porque la maternidad será deseada o no será.

Pensamiento 023: sobre mis padres

Quiero escribir sobre mis padres, ahora que aún están vivos y a mi lado. Después de que mi abuelita murió, nunca pude escribir sobre ella. Me gustaría poner en palabras todo lo grande que ella era y todo lo grande que fue y aún es para mí, pero me temo que no puedo, su recuerdo vivirá para siempre dentro de mí. 

Soy afortunada por tener la familia que tengo, mi papá y mi mamá. Mi familia es más grande, pero nosotros tres somos una unidad. Siempre he amado a mis padres, sin embargo, ahora que soy adulta puedo apreciarlos de una forma diferente a cuando era joven. Mi familia no es perfecta, mi papá y mi mamá son personas complejas, cada uno en su propia naturaleza. Diría que entre ellos comparten un gran amor, pero también un gran dolor.

Mi papá y mi mamá se conocen de toda la vida, desde que eran unos niños, mi mamá tenía 13 años y mi papá 17. Mi mamá se quedó embarazada de mi hermano cuando tenía 14 años. Su madre quería que abortara, pero mi mamá se negó y se fue de su casa para vivir con mi papá y mi abuelita. Ahí empezó la historia que me trajo a este mundo. 

Mis papás tuvieron vidas difíciles en Colombia, un país en crisis constante. La pobreza les arrebató las oportunidades y el acceso a la educación. Mi hermana y mi hermano nacieron en la Colombia de la violencia que marcó la vida de mucha gente, sobre todo de los pobres y vulnerables y mi familia no fue la excepción. A mi hermano nunca lo conocí porque lo mataron cuando tenía 17 años. Lo mató otro muchacho de su misma edad, por razones que aún hoy en día nadie me ha explicado. 

La muerte de mi hermano partió en dos la vida de mis padres y fue entonces cuando el dolor llegó para quedarse. Aunque nunca conocí a Alex, mi hermano, su muerte tiene mucho que ver con mi vida. Mi mamá se estrenó como madre muy pronto en su vida, tuvo a mi hermano a los 15 años y a mi hermana a los 17, y aunque no quería tener más hijos, después de la repentina muerte de mi hermano, decidió tenerme a mí. 

Yo llegué al mundo a llenar el vacío que dejó mi hermano y estoy segura que no lo conseguí pero si traje conmigo la esperanza, una razón para que mis padres siguieran con esta vida. Gran responsabilidad, y aunque a veces lo sentí como una carga, al final lo asumí porque ellos siempre han sido mi esperanza y mi razón. Estoy segura que mis padres querían una mejor vida para mí, una vida diferente a la de mis hermanos y por la falta de oportunidades que ellos podían tener y por ende ofrecerme a mí, decidieron emigrar. 

Eso es lo primero que puedo decir de mi papá y mi mamá, son fuertes, están hechos de un material impenetrable, se enfrentan a todo y todo lo superan. Mi mamá fue la primera en emigrar. Cuando yo tenía 2 o 3 años, viajó a Estados Unidos. Por muchos años no la vi, y aunque a veces la sentía como un recuerdo lejano, siempre estuvo presente. Mi mamá es un poco más fuerte que mi papá. La vida de mi mamá está particularmente marcada por la muerte, primero mi hermano, luego su mamá, su papá y por último, su hermana. Todas las personas que mi mamá más ama, se han ido. Sólo se pudo despedir de mi hermano, porque para el resto estaba en otro país y no pudo estar allí. A pesar de eso, cuando pienso en ella, lo primero que veo es su sonrisa, su alegría y como baila cuando escucha una buena salsa. Mi mamá es positiva, berraca, echada para adelante, como se dice en Colombia. De ella aprendí a no rendirme, a seguir bailando y a seguir riendo.  

En los años que mi mamá se fue a trabajar a Estados Unidos, yo vivía con mi papá, mi tío y mi abuelita, mi segunda madre. Mi papá y yo tenemos una relación especial por esos años en los que éramos sólo él y yo. Mi papá me cuidaba, me ayudaba a hacer las tareas, a dibujar, y me llevaba al colegio en bicicleta. Cuando casi cumplía los 10 años, mi mamá volvió a Colombia y mi papá se fue a España.

Separarme de mi papá ha sido probablemente una de las cosas más difíciles de mi vida. No tener a mi familia siempre junta, también. Reencontrarme con mi mamá después de tantos años también fue difícil. Su presencia física de nuevo en mi vida trajo consigo el reto de reconstruir nuestra relación, labor que tomaría años. Nuestra relación de madre e hija, no siempre fue la mejor. Mi mamá era dura, a veces sin tacto para decir las cosas, de mano fuerte y yo solía sufrir por estas cosas, pero hoy en día intento entender sus razones.  

A mi papá tampoco lo vi por muchos años, vino a Colombia por primera vez por mi 15 años. Hicimos una fiesta, toda la familia estaba ahí y aunque hoy en día miro las fotos y me veo cómica en el vestido rosa de princesa, ese día es el día más feliz de mi vida, porque todos estábamos ahí. En mi familia han sido pocas las ocasiones en las que estamos todos, alguien siempre está en otro país, mi hermana también emigró a un país lejano cuando tenía 17 años. Todos estamos lejos. Emigrar es difícil, más cuando se tiene que hacer por necesidad y no por gusto. 

Yo llegué a España con mi mamá cuando tenía 17 años. Llegué joven y desorientada a Madrid, mi mamá aún más desorientada que yo, se enfrentó y se sigue enfrentando, a su edad, a cosas a las que no debería. Emigrar cuando se es mayor es aún más complicado. Mi papá y mi mamá tienen ahora más de 60 años y ambos siguen trabajando, como lo han hecho toda la vida. 

Mis padres son trabajadores, de ellos aprendí a tener ética, a ser honesta y responsable en mis trabajos. Mis padres me enseñaron, con su ejemplo, que se pueden alcanzar metas mediante el trabajo, y si uno quiere algo, hay que trabajar para conseguirlo. Lo que me entristece es que, irónicamente, mis padres no han conseguido todo lo que en realidad les hubiese gustado. Ellos se han dedicado a trabajar, a cuidarme y ayudarme a salir adelante, dejaron Colombia para que yo tuviera una mejor vida. Sin embargo, estoy segura que si ellos hubiesen tenido más oportunidades, hubiesen alcanzado sus verdaderos sueños. 

Mi papás son artistas. Siempre me ha gustado el arte, aunque de pequeña nadie me lo inculcó, pensaba. Pero he estado equivocada, porque crecí viendo a mi papá dedicado a la pintura de brocha gorda, con su ropa blanca manchada de colores y su piel con costras de yeso, con sus brochas y sus llanas. A mi papá le hubiese gustado ser arquitecto y aunque tal vez él sienta que ser pintor de brocha gorda no es gran cosa, yo lo veo como un gran artista, un gran profesional, con una técnica que solo los mejores tienen. Mi gran sueño es que sea él quien pinte mi casa. Mi mamá también es artista, mi bisabuela le enseñó a tejer, arte que se le atribuye a las señoras que se quedan en casa viendo la novela. Y aunque mi mamá teje mientras ve la novela, lo hace con tal destreza, que su mano zurda y veloz nos ha confeccionado piezas de ropa, bolsos, decoración para la casa y las mantas más bonitas del mundo, entre otras piezas coloridas y hechas con amor. Mi mamá hubiese podido tener una tienda con todas sus cositas y hubiese sido muy exitosa, y eso la hubiese hecho feliz. La destreza de sus manos es única, la facilidad que tiene para aprender algo y volverse buena en ello, es admirable. Ahora que vivo lejos de ella y no puedo comer su comida cada día, me doy cuenta de lo rico que cocina. Pero no sólo eso, si no también la destreza que tiene en la cocina, lo rápida que es y lo bien que lo hace, con sus trucos y secretos de toda una vida. Admiro que estando en España y por condición de su trabajo como empleada doméstica, tuvo que aprender a cocinar comida española, aunque al principio ni le gustaba, y aún así lo hizo y hoy en día hace una tortilla de patatas riquísima. 

Mi mamá es mi primer referente del significado de la música, ella es la primera persona en la que pienso cuando escucho salsa, ella baila como las buenas caleñas, y canta y bate las manos en el aire, como cuando se disfruta la música de verdad. Mi mamá es creativa, es capaz de reutilizar cualquier objeto en la casa y crear cosas con lo que otros llamarían basura. 

En algún momento de mi vida, cuando era más jovencita, me sentí tan ajena a mis padres, pero hoy me siento como una parte de cada uno, soy lo que son ellos, y eso me hace feliz. Qué felicidad heredar de ellos mis costumbres, mi cultura y su templanza. Me siento orgullosa de mi familia y no me alcanzará mi vida para agradecerles. Es lo único que espero poder hacer por ellos: agradecer. Espero tener la oportunidad de mostrarles todo mi amor y poder cuidarlos. Quiero ver a mi papá pintando y a mi mamá tejiendo por muchos años más. Quiero llevarlos al mar de vacaciones y a comer a sitios bonitos. Quiero verles reír y descansar y a mi mamá bailar y estar juntos los tres en una casita propia. 

Gracias mami y papi.

Me sigo buscando

Llevo meses sin escribir para el blog, sin tener esas ideas que me persiguen hasta que las pongo en palabras. Ideas que vienen de forma tan natural, que escribirlas es casi ajeno a mí. Hasta hoy, me había sentido poco creativa, tengo ideas fugaces, que me cuesta describir, pensamientos que forman frases, párrafos, historias, pero que llegan y se van tan rápido que es imposible llevarlos a cabo. Quizás no sea falta de ideas o creatividad. No es necesario tener algo que decir. El silencio vale la pena, el silencio desde adentro también tiene mucho que contar, solo hay que saber escuchar, escucharse.

Me sigo buscando, sigo buscando las respuestas, sigo preguntándome la esencia de todo lo que ha pasado. Así, pretendo escarbar en lo más profundo de mí, recordando cómo, cuándo y dónde. Sigo reviviendo recuerdos, buscando en la memoria, perdida entre imágenes, escenas y conversaciones conmigo misma. 

Me sigo conociendo, entendiendo lo que ahora es importante para mí. Estoy aprendiendo a respirar profundo, a dejar que el aire me llegue hasta el estómago. Estoy creando metas que cumplir, me estoy permitiendo soñar en grande. Sigo re aprendiendo lecciones que creía ya muy sabidas, pero que el tiempo circular me lleva a recordar una y otra vez.  He estado sumida en la ficción, en historias ajenas llenas de altibajos inimaginables pero creíbles. ¿De qué otra forma se conoce la vida si no es a través de la ficción? No sólo la ficción de las historias que leo o las que veo en la pantalla, sino también la de las historias que habitan en la calle, cuando camino y voy mirando de lado a lado, observando la vida pasearse. Estoy convencida que es en las vivencias comunes, en la cotidianidad, donde se encuentran la mayoría de respuestas a la pregunta de nuestra esencia como seres pensantes. 

Tengo unas ganas increíbles de saborear la vida, de estar presente, de disfrutar y ser feliz. A veces pongo tanta intención en ello que siento que no puedo vivir el momento presente de forma natural, porque me lo recuerdo constantemente, estás aquí y este momento es el ahora, único e irrepetible y se está yendo, se va. Me parece que es ahí cuando mi vida se mezcla con la ficción, me quedo mirando fijamente el momento presente, intentando absorberlo y de repente no parece real, parece una escena sacada de una película o tal vez una foto, o la imagen que alguien se imagina al escuchar una historia. 

Quizás es imposible saborear el presente si no se lo mira con distancia. Quizás es imposible a la condición humana valorar un momento hasta que se convierte en recuerdo y es la memoria la que tiene que ir a rescatarlo. Así es mi memoria, rescata imágenes que ahora tienen valor para mí, que me hacen pensar en quién he sido y en quien soy ahora. 

Los tiempos que corren para mí son muy distintos a todo lo que ya he vivido. Más que la soledad, me invade la sensación de extrañeza, de estar en un lugar al que sé con certeza que no pertenezco, pero del que no me quiero marchar. Sé de dónde vengo pero no sé a dónde pertenezco y no sé si eso cambiará algún día. Creo que esa sensación de pertenencia se quedó en Colombia cuando me fui. Desde entonces, sólo he podido encontrar una especie de burbuja que me hacía sentir como en casa.

Hace poco estuve en Madrid y después de más de dos años de haberme ido, me di cuenta, al volver, que lo que realmente me gusta de Madrid es la pequeña Colombia que tengo allí, la burbuja de hogar, creada por mi familia, por mis amigos y por la comida, entre otros elementos familiares que nada tienen que ver con España. Cuando me fui a Lisboa sentí que la burbuja se hizo más pequeña y un poco más pequeña cuando llegué a Londres, pero en Portsmouth la burbuja terminó por reventar y me quedé yo sola y extraña. 

Entonces me sigo buscando, intentando encontrarme en este lugar sin mi burbuja, intentando construir una nueva burbuja, intentando reconocerme en este espacio, intentando atrapar las ideas antes de que se vayan, intentando escribir, intentando ser yo misma.

Pensamiento 022: sobre empezar de nuevo y el caos

Cómo llegué a este sitio que parece que será mi nuevo hogar es algo en lo que pienso a menudo. Recuerdo de dónde vengo, en las calles en las que crecí y parece mentira que hoy estoy tan lejos. Pero aquí estoy, empezando de nuevo una vez más. 

Hubo una época en mi vida en la que di un gran cambio, aprendí, crecí y dejé una versión de mi misma atrás. Pensaba que era más fuerte que nunca, invencible, conmigo nadie podía y que, partiendo de ese punto, el camino sería más fácil. La vida no funciona de esa forma, no se empieza de nuevo solo un par de veces, se empieza de nuevo constantemente aunque no nos demos cuenta. 

Siempre he huído del caos, lo odio. Prefiero el orden, la armonía, ejecutar de acuerdo al plan. Pero el caos se presenta una y otra vez y me sacude con toda fuerza. Estoy buscando la forma de acogerlo en mi vida, de estar en paz a pesar de la inevitable presencia del caos. Empezar de nuevo trae caos, empezar de nuevo es alterar el pequeño orden que había construido, empezar de nuevo es renunciar al control. 

El orden es control y a mi me gusta el control, llevar las riendas y saber que todo lo que pasa en mi vida lo decido yo. Uno de los aprendizajes que he tenido en las últimas semanas, es que ese control que pretendo tener es una ilusión. No sé dónde aprendí que ‘manifestar’ lo que quería para mi vida era una práctica efectiva. Desde que llegué a Londres, sobretodo, intenté hacerlo. Empecé a decirle al universo lo que quería y lo escribí en mi pequeña agenda marrón que tengo desde hace años. Hace poco volví a leer esas cosas que había manifestado y me di cuenta que mis aspiraciones no eran más que el deseo de controlar mi vida, quiero esto, esto y esto y lo quiero así y lo quiero ya. No funciona así, es ingenuo creer que si le gritas al universo lo que quieres, va a llegar a ti como un regalo del cielo. La verdad es que yo no puedo controlar el curso de las cosas, todo lo que pasa se desenvuelve de una forma natural. Lo único que puedo hacer por eso a lo que aspiro, es nunca rendirme, nunca dejar de trabajar para conseguirlo y  nunca dejar de ser constante. 

Leyendo mi agendita marrón me di cuenta que es necesario rendirme ante el deseo de control y confiar en el proceso. Muchas cosas que allí había escrito sin querer ni siquiera manifestar, se han cumplido, no solo porque el universo había conspirado a mi favor, sino también porque de alguna forma yo había hecho que pasara. Una mezcla de visión y acción, hacen que todo se desarrolle con tal magia, que no hace falta dictar instrucciones al universo.

Todo llega cuando tiene que llegar y todo pasa de la forma que tiene que pasar, aunque no sea exactamente la que yo esperaba. La vida es pura ironía y yo quiero disfrutar de eso, quiero reirme por ver cada deseo cumplido de la forma más extraña e inesperada, quiero habitar el caos en tranquilidad, al final, aunque sea un cliché, todo saldrá bien. No en vano algún día dije que quería vivir cerca del mar y aunque jamás me imaginé que sería en Portsmouth, aquí estoy, con el mar a quince minutos caminando de mi nueva casa.

Eso es Londres, aquí en Londres

La vida está allá afuera, en las calles, en las paradas de autobús, en los parques y en las aceras. Dicen las noticias que Londres está cerrado, pero aún así la gente no se queda en casa, la gente sigue saliendo a recorrer las calles, no importa la hora, porque la vida está allá afuera. 

Para quien quiera observar, Londres sigue tan viva como siempre. Tanto, que a las mujeres las siguen matando. En esta ciudad siempre están pasando cosas, se siente en el aire. Todo está en movimiento, hay una energía pesada que cansa pero que impulsa. Tal vez son los grupos de gente en las esquinas hablando en voz alta. Tal vez son las ambulancias y sus sirenas escandalosas, tal vez son los niños que salen del colegio en sus patinetes electricos, tal vez es el hombre que siempre camina con el altavoz a todo volumen escuchando reggae mientras bebe una cerveza, tal vez es el cielo que cambia de color tan rápido que es imposible predecir el tiempo desde la ventana. 

Londres tiene una especie de magia. Una especie, una clase, una suerte de magia misteriosa e indescriptible. Londres esconde dolor, lágrimas, pesadumbre y al mismo tiempo abre las puertas al éxito y a la felicidad como no se puede sentir en ningún otro lugar. Londres es grande, infinita, la solemnidad de sus calles impresiona, pero la esencia de Londres son las personas. Aquí todos son únicos, ninguna cara se repite, a Londres la construyen humanos perdidos que transitan sus calles día a día, brindando un espectáculo digno de una obra de arte.

Nunca antes estar en casa fue más seguro. Confinarse entre las cuatro paredes de una habitación a la luz de una lámpara barata, ofrece el refugio perfecto porque allí fuera Londres es peligrosa. Renunciar al refugio del hogar es no tener destino, es ser anónimo y perderse en la sociabilidad de las calles, es ser libre y ser libre es peligroso. Salir de casa es despojarse de quien en realidad somos, despedirnos de nuestras experiencias para enfrentar la ciudad en busca de lo vano y superficial, de la vida fantástica que se promete en las pantallas. 

Londres es ficción en todo su esplendor. Hay una escena en cada rincón, en la amplia ventana de alguna casa donde se puede observar a una mujer leyendo en su sofá rosa desgastado. El hombre de chaqueta de cuero que cruza la calle apresurado con su paraguas en la mano. La joven pareja que se sienta en la parte delantera del autobús, los vecinos que discuten a gritos.  Escenas llenas de sentimientos que al final sólo nos generan preguntas sin respuestas.

El paisaje es absurdo pero bello, poético en cierta forma, como viajar de west a south y ver como las fachadas van cambiando gradualmente, del sofisticado blanco al rústico ladrillo. De lo fino a lo ordinario, de lo blanco a lo negro, de la casa con jardin a la council house, de las calles pasivas al barullo de la high street, de lo que se mantiene a lo que se descuida, de la muerte a la vida. Cuál de los dos lados de la ciudad es mejor es un debate infinito, cada cual con su ojo subjetivo declara la belleza de una manera única, pero se declara, porque bajo cualquier circunstancia, es innegable que el ojo humano siempre está buscando la belleza y con ello la manera de adornar y engrandecer aquello que ve, para hacerlo suyo y apropiarse de esa imagen como cuando se toma una fotografía que resulta ser eterna.

Eso es Londres, una fotografía del presente y nosotros somos parte de ella, un elemento del todo. Caminar por Londres es presenciar la vida, el ahora, es despojarnos de nuestra propia identidad y renacer en otras pieles. Aunque suene como una locura, no es mi locura, es la locura de la ciudad.

Pensamiento 021: sobre el fracaso, la incertidumbre y la cotidianidad

No suelo pensar en el fracaso, para no sentirme fracasada. Pero como todos, suelo imaginar qué hubiese sido de mi vida si hubiese tomado otro camino, si hubiese tomado otras decisiones, si hubiese hecho esto en vez de esto. A estas alturas, ya más cerca de los 30 que de los 20, puedo saber con certeza lo que ya no va a pasar. Una Marcela con 18 o 19 años, se imaginaba que después de terminar la carrera, seguro haría un máster. Esto la llevaría a ser experta en algo, muy experta, lo que la llevaría a un trabajo importante en alguna empresa más importante aún. Me imaginaba eso, mucha relevancia, grandes nombres y un trabajo perfecto de esos que requieren vestirse elegante cada día para ir a una oficina. 

Creo que el fracaso académico es el mayor fracaso de mi vida, pero sólo si me siento a pensar en ello. Las razones por las cuales no estudié un máster son válidas y tienen sentido, pero no vale la pena ahondar en ellas. Hay cosas que simplemente no pueden ser y cada una de ellas se conecta para crear una perspectiva más grande. No quiero ser esa persona que me imaginé cuando era más joven. No me interesa la elegancia y la importancia de un trabajo, quiero ser justamente quien soy yo ahora mismo, aunque no niego que me gustaría tener un mejor trabajo. 

Hablo mucho del trabajo últimamente. En los últimos meses he aprendido que si bien, el trabajo es una especie de filtro para la vida, no tiene porque definirme como persona. Todos los trabajos pasan, este también pasará y no puedo permitir que un trabajo me robe las ganas de vivir. 

No puedo negar que no saber hacia dónde se dirige mi vida laboralmente hablando, puede sentirse como un fracaso. La mudanza a Londres suponía progreso en ese campo para mí, pero no ha sido así, al menos no completamente. Tengo gran incertidumbre por lo que va a pasar y por dónde voy a terminar después de esta pandémica tormenta. Pero la incertidumbre es un motivo para querer seguir adelante, encontrar respuestas, vivir. 

Ahora todo está bien, todo está estable. Hay días que siento que vivo en una nube, como si estuviera flotando de un sitio a otro. Es una sensación extraña, como si las horas pasaran y yo saltara entre ellas como si saltara entre los números del reloj. Supongo que me llevo bien con el tiempo y su velocidad, así se genera lo cotidiano. Las horas en las que se supone que no pasa nada, pero que realmente construyen nuestra vida. Estoy segura que todas las decisiones cotidianas que tomamos, tienen un gran peso en el resultado final de nuestra realidad.

Tengo cierta fascinación por la cotidianidad. La mayoría de la gente encuentra insignificante lo repetitivo de las rutinas, a mí me parece que en esa constancia, está la verdadera representación de la vida. Al menos la vida real, no la vida virtual que habita las pantallas por estos días. Ha sido en ese pasar desapercibido de los días, en los que he muerto y renacido una y otra vez para llegar a ser quien soy ahora mismo. 

Últimamente, la memoria me suele traer de vuelta sensaciones de esas Marcelas que ya han muerto. Precisamente los recuerdos que reproduce mi memoria son de momentos cotidianos, nada especialmente importante o memorable. Estoy esperando a alguien en el metro de Callao, es invierno y llevo un abrigo gris. Camino hacia la facultad y las hojas marrones que caen de los árboles ocupan la Avenida Complutense. Estoy en Lisboa, voy camino al trabajo en el autobús y el sol me quema la cara. No importa cuán recientes o distantes sean estas imágenes en mi cabeza, la sensación de quien era yo en ese entonces parece infinitamente distinta a quien soy ahora. 

Espero que la incertidumbre de esta etapa me lleve a encontrar respuestas. Espero que cuando esta Marcela muera, la pueda recordar con nostalgia y alegría. Espero que en mi actual cotidianidad tome decisiones que me lleven a otras etapas, a otros lugares y a otros fracasos.

Estoy aquí

En ocasiones es difícil enfrentarse a esta página en blanco. El deseo de escribir suele visitarme cuando hay algo dentro de mí que quiero sacar. Sin embargo, a veces quiero escribir pero no tengo nada que decir. La vida sigue pasando muy rápido, nunca había sentido el tiempo escaparse de mis manos de tal manera. En Londres todo es rápido, rápido, rápido. La gente siempre está corriendo, corriendo detrás de las oportunidades, corriendo detrás del dinero o corriendo por alcanzar el tren. Es una gran afirmación decir que no soy feliz, tal vez hoy me consuma la nostalgia navideña, pero suelo sentir a menudo que no podría ser completamente feliz en esta ciudad. 

Extraño Lisboa, el sol y la tranquilidad con la que la gente parecía vivir allí. Mis allegados aquí odian escucharme hablar de Lisboa, al parecer suelo decir su nombre demasiadas veces. No me doy cuenta, la verdad, pero cómo no extrañar el azul, el río, el sol y toda la alegría que eso trae. Aquí en Londres no veo el sol, mis días empiezan cuando aún es de noche y cuando termino de trabajar sólo me da tiempo a ver el atardecer desde la segunda planta del autobús rojo. Qué triste suenas, Marcelita, pero es que tal vez lo estoy. 

Este año se acaba en unos días. Algunos dirán que ha sido el peor año de sus vidas. No me atrevería a decir lo mismo, aunque este año ha sido sin duda diferente. Quiero quedarme con lo bueno, como siempre. Todo ha sido una montaña rusa, con altos muy altos y bajos muy bajos. En el fondo me he acostumbrado a la incertidumbre y a navegarla sin miedo, me lanzo y tengo fe, porque realmente creo y confío en cada paso que doy aunque sea a ciegas. 

El próximo año quiero volver. Quiero volver a Madrid para sentirme en casa y abrazar por fin a mi familia. Quiero volver. Quiero volver a Lisboa para sentirme libre y abrazar a mis amigas. Quiero volver. Quiero volver a ser yo. Hace un año decía que estaba aprendiendo a dejar ir, ahora quiero aprender a valorar, a quedarme y no soltar lo que sea que sienta que necesito. He querido, como más que a nada en el mundo, dejar ir mis viejos mecanismos de defensa. Pero hoy los retengo un poquito, ¿cómo más puedo sentirme segura? alguien tendrá que cuidar de mí y esa suelo ser yo misma. ‘Relájate, Marcela, just chill please’ No, no puedo y no quiero. Quiero mi mundo organizado, limpio y perfecto, no porque esté loca, sino porque me da paz y valoro mi paz. 

Quiero confiar en este proceso, algo bueno tiene que salir de aquí, algo bueno me tiene que dar Londres, al menos algo más que el gris y las noches infinitas. Siento que estoy presente, siento que estoy aquí, viendo la vida pasar desde el autobús, de oeste a sur, de sur a oeste, cruzando el río, ida y vuelta cada día. De alguna manera sigo estando aquí,  mirando los edificios de la city desde la cuarta planta del Kings College, con mi escoba y mi fregona, viendo nuevas vidas llegar al mundo y luchando por quedarse desde sus incubadoras. Me imagino cómo verán ellos el mundo cuando sean grandes, ¿percibirán esta ciudad tan triste y agotadora como la percibo yo? o ¿será para ellos el mejor lugar del mundo? 

No tengo mucho que decir, pero estoy aquí.

Pensamiento 020: sobre cómo construir un hogar

Hoy el cielo está un poco gris, pero resplandece el azul. El otoño ya está aquí y el mundo sigue derrumbándose poco a poco. Sin embargo, debajo de este pedacito de cielo londinense, me encuentro yo, construyendo un hogar. ¿Qué es construir un hogar? me pregunto a mí misma. ¿Comprar plantas para poner en la ventana? o ¿armar una estantería para exhibir mis libros? tal vez ¿encontrar el duvet más bonito para decorar la cama? o quizás ¿organizar el armario de acuerdo a los colores y texturas?

No puedo negar que algún día soñé con hacer todas esas cosas que ahora son una realidad, y se siente bien. Me siento libre aunque mi hogar esté construido por paredes que, irónicamente, me encierran. El concepto de hogar es complejo, aún más cuando no se ha tenido el mismo hogar toda la vida. Al final sólo puedo concluir que mi hogar está conmigo misma, dentro de mí. Llevo mi maleta de vivencias y recuerdos a donde vaya, y sólo la abro cuando me siento segura y allí me quedo a vivir. 

Cuando era pequeña, me enseñaron que para construir mi propio hogar necesitaba tener una familia. Para tener una familia, me tenía que convertir en madre y llenar mi casa de hijos y eso le daría sentido a todo. Es gratificante entender que no es necesario ser madre y que las opiniones y las expectativas de la sociedad, son precisamente el tipo de cosas de las que hay que olvidarse cuando de construir un hogar se trata. 

Realmente no puedo definir qué es un hogar y cómo se construye. Sólo sé que estar en casa es reconfortante, se siente como un abrazo o como una taza de té. Por eso mi hogar empieza y termina conmigo misma, así donde quiera que vaya yo, mi hogar estará allí también. Siempre tendré nostalgia por ese hogar perdido, por esos lugares que fueron mi casa y me vieron crecer en diferentes etapas de mi vida, pero que ya no existen y a los que ya no volveré. Ahora sólo tengo un hogar portátil que puedo llevar a todas partes.

De ese nuevo concepto de hogar portátil, que es mío, solo mío, nace la posibilidad de poder compartirlo con alguien, como lo estoy haciendo ahora. Ahora mi hogar, es un poco más amplio porque lo habita una persona más. Compartir mi concepto de hogar con alguien es un reto. Compartir el espacio físico resulta fácil cuando se compara con compartir el espacio mental. Esa, diría yo, es la parte más complicada. 

No tengo ninguna lista de consejos prácticos a seguir cuando se comparte la vida con otra persona. Sin embargo, he llegado a la conclusión que para compartir-nos, hay que perder el miedo no solo a ser vulnerable, sino a dejar que el otro también lo sea. Al fin y al cabo, no hay mejor lugar para ello que el hogar. 

Me gusta mi nueva casa y aunque sé que probablemente podría ser feliz en otro lado, me alegra estar aquí. Me alegra haber decidido pasar en este lugar todas mis horas cotidianas, las que no se registran y parecen insignificantes, pero que resultan ser las más importantes.

Cómo es vivir en Londres

Ahora soy la chica que vive en Londres. El sueño por fin está cumplido, sólo que esta nueva realidad está realmente lejos de ser un sueño, o al menos de parecerse a lo que me imaginé. La ciudad me sigue gustando, eso no ha cambiado. Camino por todo west london, con total naturalidad. Sin embargo, me siento perdida por dentro. 

No quiero ser dramática, Dios me libre de todo tipo de dramas, pero drama es lo que hay. Nunca había intentado tan fuerte estar alineada con el universo. Nunca había puesto tanta intención en dejarle saber que a pesar de todo, estoy agradecida, porque sé que soy afortunada. No quiero que el universo me castigue por mi pesimismo, no quiero que me encuentre con malas energías, quiero manifestar que estoy lista para alcanzar mis metas y que no hay quien me pare, porque me lo merezco y el universo lo sabe. Quiero confiar en la locura del proceso, quiero creer en esa fuerza mayor que me acompaña y me muestra el número once en todos lados para dejarme saber que el equilibrio está pronto a llegar.

Aún así, no encuentro claridad. Todo lo que me definía hace poco ahora parece haberse desvanecido. Me estoy construyendo de nuevo, poco a poco. El sentimiento de hogar, de estar en casa, ya no está en otra persona. Aunque así yo lo busque, mi hogar está dentro de mí. No en mi novio, ni siquiera en mi familia, aunque extrañe más que nunca a mi papá y a mi mamá. Nunca lograré sentirme en casa si no tengo los componentes que necesito para construirme primero a mí misma.

El trabajo es uno de ellos. Nunca había odiado trabajar, hasta ahora. Teniendo un trabajo que no me gusta, me he dado cuenta que para bien o para mal, capitalista o no, el trabajo hace parte de mi identidad. Me gusta trabajar, me gusta tener un sentido de rutina y estabilidad en mi vida, pero quiero un trabajo que me guste. No me importa tener el trabajo ideal o el trabajo de mis sueños, pero quiero un trabajo que no me entristezca cuando me levante cada mañana. Quiero ganarme la vida y ser feliz. ¿Es eso mucho pedir? Mi amiga Raquel me dijo que eso era una idea del primer mundo. Antiguamente no se trabajaba para ser feliz, se trabajaba para sobrevivir.

Yo también necesito sobrevivir. He buscado refugio en otras personas pero he recordado que tengo que ser independiente. Pero qué irónica es la vida, la independencia emocional va de la mano con la independencia económica y si eres mujer esto importa el doble. No he dejado de tener independencia económica, porque me he sabido preparar para una época de incertidumbre como esta. Sin embargo, tener menos dinero y un trabajo que no me gusta me hace sentirme vulnerable y de repente quiero todo el apoyo y la comprensión de otros. Siento una preocupación constante que me hace sentir una especie de resentimiento con la vida y hasta rencor por aquellos que parecen tener abundancia. 

Virgnia Woolf heredó dinero de su tía cuando ésta falleció. Gracias a ello nunca tuvo que volver a preocuparse por cómo sobrevivir. Me llamó la atención esta reflexión que hace en A room of one’s own: ‘However, as I say my aunt died; and whenever I change a ten-shilling note a little of that rust and corrosion is rubbed off; fear and bitterness go. Indeed, I thought, slipping the silver into my purse, it is remarkable, remembering the bitterness of those days, what a change of temper a fixed income will bring about’ Sus palabras resuenan en mí, desde luego la vida es menos amarga cuando no te tienes que preocupar por el dinero. Quién fuera Virginia Woolf para recibir una herencia inesperadamente, pero no todas tenemos ese privilegio. 

Caminando por Londres, puedo espiar la vida de otros a través de sus ventanas. Aquí no hay cortinas o persianas que protejan de la mirada del ojo ajeno. Una pequeña parte de la intimidad está abierta a los paseantes a través de las grandes ventanas de la primera planta de las típicas casas londinenses. Yo veo los muebles que cuidadosamente han sido elegidos, el arte que cuelga de las paredes, las flores que posan en la mesa del centro. Alguna cocina y las sartenes que cuelgan del techo. Tal vez una familia cenando a la luz tenue de la lámpara que está en la esquina del salón. De vez en cuando, una mujer que lee pacíficamente en una silla de color rosa pálido. La tranquilidad de la vida de otras personas, la tranquilidad que yo quisiera. 

Las fachadas son eso, sólo fachadas. Yo tengo lo mía y me duele un poco reconocer que sigo pretendiendo ser perfecta. Marcela, la que actúa siempre bien y no se equivoca, la que distingue perfectamente lo malo de lo bueno. Marcela, la que tiene un trabajo chévere, Marcela la chica independiente, la que vive en Londres y es feliz. Marcela perfecta. Estoy bastante harta de esa exigencia conmigo misma y quiero reconocerlo para olvidarme de ello, para olvidarme de esa sed de perfección. 

La  vida en Londres no es fácil, ya me lo habían contado pero ahora me toca vivirlo a mí. Si salgo triunfante de esta montaña rusa, estaré muy orgullosa de mí. En muy poco tiempo he aprendido una gran lección de humildad. Cada día aprendo algo nuevo y por eso estoy agradecida. No necesito ser perfecta, pero sí necesito ser feliz. Llegar a donde he soñado, a donde en realidad quiero estar. Necesito recordar que no importa lo que pase, siempre saldré al otro lado un poco mejor, un poco más fuerte.

Mudarse de país en plena pandemia

En junio de 2019 decidí mudarme a Lisboa. Cuando imaginaba mudarme a otra ciudad para empezar desde cero, nunca pensé en Lisboa. Sin embargo, un día sentada en el mostrador de la tienda en la que trabajaba, contemplando los últimos años de mi vida, decidí que por fin era momento de cambiar de aires. Dejar mis dos trabajos, la casa que compartía con mi mejor amigo, mi familia y empezar una relación a distancia con mi novio.

Cuando llegué a Lisboa, encontré la ciudad menos encantadora de lo que recordaba. Aunque tal vez sea lógico, me di cuenta que los lugares son mucho más encantadores cuando sólo vas de vacaciones. Así empezó lo que sólo sería un año, el cual llegué a desear que se pasara rápido, pero que terminó siendo una de las mejores experiencias de mi vida. Algunas cosas llevan tiempo, y a mí me tomó unos cuantos meses adaptarme a mi nueva ciudad, pero al final lo logré.

Lisboa es una ciudad maravillosa y aunque al principio no encontré el encanto que tenía en mi memoria, finalmente logré ver mucho más allá de lo que ve un turista y logré sentirme allí como en casa. Ir caminando a mis sitios favoritos, la playa a tan solo un tren de distancia y los pasteis de nata, hicieron que todo al final fuese más fácil. 

Lisboa resultó ser la mejor pausa de mi vida, pero mi verdadero sueño desde siempre había sido vivir en Londres. Desde que estudié literatura inglesa y conocí a Virginia Woolf, soñaba con vivir en un mundo en inglés. Esa lengua que desde siempre me ha gustado tanto y parece resonar en mi cabeza como parte de mí. 

El plan era sólido. Iba a disfrutar de esa especie de año ‘gap’ en Lisboa, iba a trabajar en mí, en mi independencia, iba a disfrutar de estar sola un poquito más. Después, mi novio y yo nos encontraríamos en Londres. Londres, la gran ciudad que tiene un lugar para todo el mundo. Iba a encontrar trabajo tan fácil y tan rápido, que no me tendría que preocupar por nada. Desafortunadamente, no fue así.

Por sólido que fuese el plan, jamás hubiese podido predecir que el 2020 traería consigo una pandemia a nivel mundial. Tengo la suerte de estar en perfecta salud, pero las consecuencias del Covid19 han afectado mi vida. Cuando llegó el momento de mudarme de Lisboa a Londres, era perfectamente consciente de la situación actual. La economía mundial había cambiado dramáticamente y el Reino Unido no sería una excepción. Sin embargo, no dudé. No quise aplazar la fecha de mi viaje, no quise posponer el día que llevaba planeando prácticamente por un año. 

Algunos me llamarán irresponsable y tal vez lo sea, pero la ciudad de mis sueños me esperaba y mi novio también. Me sentí segura y me lancé al vacío porque pensaba que iba a estar bien, pero la realidad me golpeó en la cara. Londres es como la Nueva York de Europa, una ciudad tan grande y complicada, que a veces da miedo. He escuchado decir a gente que lleva mucho tiempo viviendo aquí, que en Londres se triunfa o te hundes. 

Yo llegué llena de esperanza, pero me encontré con mucha incertidumbre. He llegado a temer que la ciudad pueda conmigo en vez de yo con ella. Encontrar trabajo nunca fue tan complicado. A pesar de que hay oferta laboral, debido a la cantidad de gente que ha perdido su trabajo a causa del coronavirus, la competencia es más grande y más fuerte. Esa situación me ha tenido por dos meses en una búsqueda de trabajo intensa que ha resultado en un correo lleno de mensajes de rechazo y un par de entrevistas que no han terminado en nada. De momento.

Han sido dos meses difíciles de sobrevivir. Pero me rehuso a perder la esperanza con la que llegué. Londres puede ser grande y aterrador, pero yo lo seguiré intentando. El futuro parece oscuro cuando mi estabilidad económica está en entredicho. Pero, en la ciudad hay un espacio para todo el mundo, o al menos yo seguiré buscando el mío. No tiraré la toalla hasta haber agotado todas las posibilidades. It ain’t over until it’s over, right?

London, please don’t kill me.